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  • Un corazón donde vivir (Parte 11)

    Un corazón donde vivir (Parte 11)

    De espaldas

    La mañana era clara y luminosa. Pocos coches pasaban por Streifen Road en aquella hora. Aunque el sol no calentaba demasiado, su luz era deslumbrante y casi no dejaba ver las formas del entorno: la carretera asfaltada que subía hacia el puente que cruzaba el Canal Real, la parada de autobuses de quienes se dirigían a Dublín, unos cuantos parterres llenos de flores de colores que centelleaban al sol desganado de Irlanda. El humo del cigarrillo subía pesadamente en aquella mañana húmeda y silenciosa. Se sentía como en un sueño, más dormido que cuando soñaba la noche anterior, pero sabía que estaba despierto y que Cayetana llegaría de un momento a otro. Se sentía cansado.

    Habían pasado muchas cosas en pocos días. Eran jornadas que sabría que recordaría siempre, fuera cual fuera su final, y si bien al principio había significado un aliciente, ahora resultaba cansado al aproximarse al final de la historia, como el atleta que ve al final de una larga calle la meta tanto tiempo ansiada y se pregunta con extenuación si va a ser capaz de llegar. En momentos así la mente entra en una especie de trance suicida que no permite pensar, ni tampoco parar. Allí esta de pie Gerardo con el cigarrillo en la mano maldiciendo al par de cuervos que saltaban junto a él sobre el muro que daba a los parterres de flores. Tomó un guijarro del suelo y lo arrojó contra aquellas bestias.

    -Tú siempre tan amable con la naturaleza.

    -Estos bichos no son naturaleza, Caye. No sé cómo puedes vivir en este pueblo de Halloween, lleno de cuervos y de color negro. Con lo bonita que era nuestra ciudad…

    -Tú lo has dicho, era… -Cayetana lo miró largamente- Parece que alguien no ha pasado una buena noche hoy, ¿no?

    -Bueno, digamos que el alojamiento no es de lo mejor. Pero me vale la pena. -sonrió.

    Se dieron dos besos amistosos. El olor húmedo de la mañana de la tierra mojada y de las flores se mezcló con el aroma del pelo de Cayetana. Se miraron divertidos un instante.

    -¿Dónde me vas a llevar, bella dama? -dijo él adoptado una sobreactuada pose de tipo duro con el cigarrillo entre los labios. -Ardo en deseos de conocer mi destino final.

    -Está justo ahí, detrás de estas flores violetas. ¿Has visto qué bonitas? Sígueme.

    -Encantado. -Gerardo estiró la mano pero tomar la de ella en un gesto acostumbrado, pero no encontró nada, solo el vacío. Cayetana se había adentrado por un camino de tierra cuesta abajo que cruzaba una zona ajardinada llena de flores. No decían nada.

    -Me alegro tanto de volver a verte. -dijo Gerard para romper el silencio. -He soñado muchas veces contigo.

    Cayetana no dijo nada. Simplemente forzó una sonrisa cortés y miró hacia otra parte.

    -Es allí. Aquella es la cafetería.

    El Soho Café Latte de Maynooth era en realidad la cafetería de Soho Hotel. No tenía nada que ver con el alojamiento que había escogido Gerardo para sí. Mientras que él estaba en el agujero más barato de aquel pueblo, el Soho era un hotel moderno, de última generación, con habitaciones cómodas y amplias. Estaba situado cerca de la carretera que llevaba a Dublín y probablemente se dedicara a atender las necesidades de los hombres y mujeres de negocios que pasaban por aquel pueblo fantasma. El sitio disponía de una cafetería especializada en desayunos y brunches, es decir, en almuerzos.

    Se entraba al sitio a través de unas puertas mecánicas de cristal que a Gerardo le parecieron el colmo de la elegancia, en su submundo de bares de mala muerte y hoteles de baja estofa escaseaban aquellas comodidades. Al entrar le invadió un olor dulce y agradable, como a la vainilla que se usa en las tiendas de ropa, en vez del acostumbrado olor a frito y a cerveza de las cafeterías que frecuentaba él. Un juvenecido camarero de cuarenta años los recibió en la entrada con mucha elegancia y la espalda muy estirada.

    -I have booked yesterday. -dijo ella informándole que tenía reserva.

    -May I have your name, lady? -dijo el tipo estirado mirando a Gerard de arriba-abajo.

    -Cayetana.

    -Yes. It’s just here. Come with me please.

    Gerardo repitió las últimas palabras del maitre en su cabeza con un tono agudo y burlón. Odiaba a esos tipos que se creían los amos del sitio donde trabajaban de nueve a cinco. Se comportaban como si aquello fuera suyo y sentían más devoción por su profesión que cualquiera de sus jefes. Un trabajo como aquel podía dar sentido a una vida humana y eso lo entristecía. Parecía que la vida no podía tener sentido para una persona así.

    Se sentaron en una mesa junto al ventanal que daba a los parterres de flores. Sobre la mesa, de un blanco crudo, había una flor amarilla dentro de un tarro de cristal con agua. Gerardo la olió y se dio cuenta que era de plástico, falsa, como todo aquel lujo pobre. A Cayetana parecía encantarle ese lugar. Aquello le extrañaba, no lo habría dicho nunca. Era una chica más bien sencilla que se adaptaba a todo, pero los años habían pasado para todos y supuso que ella había encontrado otras formas de tomar el café que le habían gustado, modas de la gente guay que ella seguía con gusto. Siempre había conseguido adaptarse a los tiempos, no como él, que era un anacronismo de no se sabe muy bien qué época. Estaban sentados el uno frente al otro mirando a todas partes. Gerardo se distraía viendo a la gente pasar, incapaz de concentrarse. En las mesas cercanas la gente, grupos de tres, cuatro personas como mucho, hablaban en tono quedo. A pesar de que el bar estaba lleno no se oía la algarabía de los países mediterráneos y la conversación de los comensales, o brunchisas, dejaba oír la tema que sonaba de fondo.

    -Me encanta esta canción. -dijo Gerardo al fin.

    -Ya lo sé. -dijo ella sonriendo. -La gente nunca cambia. -y dejó de sonreír.

    -Sí que cambian. Nunca hubiera dicho que te gustaría un sitio como este y míranos, aquí estamos esperando el té con pastas de Miss Sunshine en Pijolandia. La gente sí cambia.

    -Quizá me ha gustado siempre y tú, sencillamente, no lo sabías.

    Se produjo un silencio. Gerardo podría haber entrado en una discusión filosófica sobre los cambios en la vida de la gente, ¿pero estaba allí para eso? ¿para discutir con ella? Más le valía aprovechar la oportunidad que el destino le daba y resolver al fin las cosas.

    -Te he echado mucho de menos, Caye. No sabes cuánto. Parece que no puedo vivir sin ti, después de todo. Lo he intentado. Lo he conseguido a veces. Pero no puedo. Estoy aquí porque necesitaba verte y no me rendiré pase lo que pase. Porque yo te…

    -Yo te quería mucho, Gerard. Lo nuestro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

    Al oír aquellas palabras, Gerardo casi sale volando de la silla moviendo las orejas. Lo sabía, ella no lo había olvidado después de todo. Si estaba allí con él era por algo.

    -Lo nuestro -continuó- era como una casa. Sé que no soy perfecta, tú también lo sabes. Nos conocemos bien después de tanto tiempo y, como ya te he dicho, la gente nunca cambia. Sentía que conmigo tenías tu casa, pequeñita, pero tu casa: un porche, un jardín con cuatro flores… Habíamos construido algo bonito, para los dos, para siempre. Pero.

    -Pero la cagué. La cagué completamente, Caye. Por eso estoy aquí. Quiero pedirte…

    -No, no la cagaste. -dijo ella encogiéndose de hombros, contradiciendo con su cuerpo lo que decían sus palabras- No tienes que pedirme perdón, eso ya lo has hecho antes. Es solo que no conseguía entender… no conseguía entender por qué, Gerard, por qué.

    Dio un sorbo a su café con leche. Gerardo no había tocado su café ni su croissant.

    -Hay cosas de mí mismo que yo tampoco entiendo, Caye. No sé si le pasa a todo el mundo. Sólo puedo decirte que no volverá… no volvería a suceder, nunca más.

    -La gente no cambia, Geri. Volvería a suceder porque tú eres así.

    -Soy así y por eso estoy aquí. -dijo levantando la voz. Las mesas de alrededor guardaron un instante de silencio, como si estuvieran más pendientes de la conversación de aquellos dos jóvenes sureuropeos que de sus rutinas habituales de isleños y norteños.

    Cayetana sonrió. Parecía que le hubieran venido a la mente recuerdos de otras veces, como si resucitaran al contacto con Gerard escenas vividos y atesorados en el corazón por ser felices. Su torpeza social lo divertía, lo había hecho siempre. Cuando se dejaba llevar era cuando más le gustaba, y era cuando estaba más torpe y sincero se mostraba. Efectivamente, estaba allí. Había recorrido quilómetros y seguido las pocas pistas hasta encontrarla. Ella nunca había sido consciente de que fuera capaz de aquello, él tampoco.

    -Sí… Estás aquí, Geri. Eso es indudable. ¿Y sabes qué? En el fondo me alegro de verte.

    La conversación y el desayuno evolucionaban favorablemente para los intereses de Gerardo. A pesar de ser por la mañana, habían recuperado la relación justamente por donde lo dejaron. Si bien no se habían tocado, si bien aún no se habían dado el primer beso, las cosas estaban funcionando de la mejor manera. Hablaban como lo habían hecho siempre, con total sinceridad, sin cortapisas ni cortesías. Se mostraban sinceros y se miraban a los ojos con dulzura, con cariño, con amor. La mirada de Gerardo estaba cada vez más embelesada. Al término de los croissants, se sentía embriagado por ella, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba, viviendo despierto un sueño del que nunca más querría despertar, habría preferido morirse antes que aquello terminara. Habría preferido que su vida se terminara allí mismo mientras fuera entre sus brazos.

    Su corazón palpitaba con fuerza y seguridad. Daba los pasos acostumbrados en el juego de la seducción. Sus dedos se habían entrelazado en alguna que otra ocasión mientras la conversación avanzaba. Ella se mostraba feliz y risueña, olvidada también del mundo. Gerardo valoraba la posibilidad de sentarse junto a ella en el banco de la mesa. Los cafés se habían terminado y los platos de las pastas estaban vacíos como esperando algo. El plan era sentarse a su lado, pasarle una mano por los hombros, besarla lento. Justo cuando estaba incorporándose, como el que no quiere la cosa, ella se levantó.

    -Me tengo que ir.

    A medio camino entre estar de pie o sentado, inclinado sobre la vajilla vacía que había sobre la mesa, el corazón de Gerardo parecía detenido contra una pared de hueso.

    -Irte… ¿adónde?

    -Tengo que ir a comprar unas cosas. -Gerardo la miraban con perplejidad, sin entender muy bien qué estaba pasando. -Si no tienes nada que hacer, puedes venir conmigo.

    Aquel juego empezaba a cansarlo. Casi tuvo el deseo de tirar la maldita mesa al suelo y salir por la puerta a pisar los dichosos parterres de fuera, descargando la rabia que sentía contenida contra objetos que ninguna culpa tenían de un fracaso vital que no se atrevía a mirar de frente. En lugar de eso se contuvo, respiró hondo y sacó la cartera del bolsillo.

    -Hoy pago yo. -dijo con decisión y se alejó de ella, abandonando toda intención de abrazarla. Cayetana se quedó donde estaba, por primera vez, sin saber qué hacer.

    El tipo estirado de la puerta extendió una factura millonaria por dos cafés y dos croissants. Empezaba a estar arto de los precios desorbitados de las islas. Era difícil ser un viajero enamorado con el bolsillo vacío de billetes. En las películas ni en los libros nadie se pregunta cuánto valen las cosas, y si se pueden realizar o no las aventuras, no por falta de ganas, sino por carencia económica. Sus pírricas cuentas estaban cada vez más vacías y no sabía muy bien cómo iba a conseguir sobrevivir en adelante, pero no era momento de pensar en todo aquello. Ahora su historia había entrado en la recta final.

    -Bueno, Geri. Pues…

    -Te acompaño.

    -No hace falta.

    -No tengo otra cosa que hacer. Supongo que te habrás dado cuenta. -dijo él con ironía.

    -Como quieras. -dijo ella desganada.

    Caminaron en silencio un trecho. Evitaban andar por las calles principales pero Gerardo no se daba cuenta. Había asumido el papel de perro faldero y lo llevaba, si no con alegría, sí con resignación. Una honda sensación de fracaso iba inundándolo poco a poco desde la planta de los pies, subiendo poco a poco la entrepierna y el estómago. Tenía que hacer de tripas corazón para hacer como que la escuchaba y fingir dignidad. Hablaban de temas insustanciales de camino al Tesco, casi no podía oírla hasta que dijo.

    -Callaghan es un mal tipo. No es honesto. Me habla a cuentagotas, cuando le interesa.

    -¿Cómo?

    -Callaghan, el tipo que trabaja conmigo. Te he hablado de él.

    -Sí.

    -Pues eso. La última vez que bajé a casa de mis padres a pasar unos días me escribió una parrafada, pero una buena eh. Me decía que me echaba de menos, que tenía ganas de verme. ¿Y sabes qué me dijo el muy cabrito cuando le contesté que yo también? Nada. Absolutamente nada. Me dejó en visto toda la semana, pasando de mí.

    Gerardo sentía cómo las palabras de ella le atravesaban el corazón, pero su expresión no se movió. Simplemente siguió caminando a su lado como un perro perdido, renunciando a su amor propio, incapaz de hacer otra cosa que seguir caminando junto a ella camino del supermercado. No se atrevía a preguntar si Callaghan era el tipo con el que había quedado al salir del trabajo el día que llegó, no le hacía falta, sabía perfectamente que sí.

    Mientras caminaba junto a ella, incapaz de hacer nada, la mente subterránea de Gerardo iba encajando las piezas. Ahora entendía por qué el tipo lo había mirado con una expresión divertida, por qué ella hablaba tanto de él, por qué sus compañeras del Picadero’s cotillearon al verlo. Era la definición más perfecta de “capullo” que Gerardo conocía, el ejemplo más palmario de persona anodina, un tío cualquiera que nunca la querría ni la millonésima parte que él en aquel momento. Pero, como le habría pasado a cualquier pardillo, Cayetana lo había colocado en la angustiosa sala de espera de la amistad. A él, con quien había pasado tanto y vivido tantas cosas inolvidables. Lo habían cambiado por el tal Callaghan y no se lo había dicho directamente. Gerardo pensaba en todo eso sin darse cuenta, sintiendo solamente los alfileres en la carne.

    Entraron en el Tesco y ella se hizo con las cosas urgentes que tanto necesitaba: leche, coca-cola, pan de molde, una bombilla. Parecían los enseres improvisados de alguien que no sabe qué comprar. Andaba por los pasillos con prisa, alejándose de él lo más posible, intentando evitar que los relacionaran más de la cuenta los posibles conocidos que ella pudiera tener allí. Ahora el cerebro reptiliano entendía eso también: si ella siempre había evitado los caminos concurridos era por eso: no buscando intimidad o un lugar tranquilo para besarse, ¡para que no los vieran juntos! ¡Qué imbécil y capullo!

    Gerardo andaba perdido por entre los pasillos y la esperó donde las cajas registradoras pacientemente, con la mente en blanco, sintiendo un dolor sordo y constante como una corriente de aire frío. Estaba congelado sobre sus dos piernas, esperando a que ella terminara de pagar su compra, mirando su reflejo por el cristal que daba al parquin.

    Llegó cargada y él le cogió la bolsa, a pesar de que ella insistió en que no hacía falta.

    -Puedo llevarte la bolsa como amigos.

    Cayetana cedió. Tampoco sabía muy bien cómo gestionar la situación y hablaba atropelladamente. Al pasar por delante de unos contenedores de basura, en su huida de las calles transitadas, ella le explicó que en aquel país la recolecta de residuos se hacía de forma muy ordenada y exhaustiva, que todo el mundo tenía que reciclar y pobre del que no pusiera las botellas de cristal en su sitio, que en el sur de Europa deberíamos ponernos las pilas. Gerardo miraba los contenedores de basura sintiéndose un residuo el cual Cayetana no tenía claro en qué contenedor iba. Quiso decírselo pero se quedó callado. Continuó caminando, poniendo cara de mal jugador de póquer con cartas nefastas y todas las fichas de su vida puestas sobre el tapete verde. Iba a perder.

    Entre palabras insustanciales que se utilizaban para llenar el silencio de los pasos, llegaron a su destino y Cayetana se detuvo. Estaban donde habían empezado: en la carretera frente a los parterres de flores, la estación de autobuses, sobre el puente. Se miraron frente a frente, sabiendo la mente profunda que sería la última vez en sus vidas. Hacía tanto daño que al respirar el aire producía una presión insoportable bajo el tabique nasal, como si hubiera recibido el puñetazo de un fantasma. Era como un tren que para.

    Así terminaba todo. Y era tan absurdo, tan antipoético, que resultaba insoportable. Gerard aguantaba las lágrimas en la parte más honda de la garganta, con los ojos secos.

    Durante toda esta historia, se había sentido como el que sube por una escalera de mano, sin mirar al suelo, pensando en que arriba del todo estaría Caye esperándolo para vivir una vida mejor, para darle una nueva oportunidad. Había oído su voz, había seguido sus pasos, se había arrastrado por todas partes y había invertido todo su dinero, y todo su amor. Gerardo por fin había llegado a la cima de su agotadora travesía cuesta arriba pero lo que esperaba no era un mundo nuevo de posibilidades sino la planicie vacía y vertiginosa del trampolín. De pie, en silencio, mirando a Cayetana se sentía al borde de la plataforma, mirando al abismo que se abría frente a él, a unos labios que habrían de recogerlo en su caída si es que conseguía caer en el sitio correcto y hacerlo bien.

    Temblaba de cabeza hasta los pies. Se sentía desnudo y el frío lo recorría. Los dedos de sus pies miraban al abismo, el mismo que había intentado abandonar con todo el esfuerzo de su corazón. Cayetana lo miraba a su vez y sus ojos le decían Adiós. Sabiendo que el tiempo apremiaba, tomó aire y, por fin, se lanzó de cabeza.

    Cayetana se apartó.

    -No, no, no… -dijo. Gerard se incorporó en el aire y volvió a mirarla. Esta vez las lágrimas se sintieron incontenibles, pero las aguantó. -No me mires así, Geri.

    -¿Así cómo? -contestó con la voz rota.

    -Con esa cara de decepción.

    Gerardo se encogió de hombros. Ya le daba lo mismo. El golpe había sido tan fuerte, tan definitivo, que lo había matado al instante y por eso aún no sabía lo que sentía.

    -Bueno, pues me voy.

    -Gerard, es un mal momento. Tengo que trabajar.

    -Vale, vale, vale… -Había iniciado la retirada, poco a poco se fue alejando de ella para que no lo viera caerse en pedazos allí mismo, lo cual era inevitable porque no le quedaban huesos sanos en el alma para mantenerse en pie. Se había girado para siempre.

    -Dime algo luego. -dijo ella por última vez

    -Vale, vale, vale. -dijo él de espaldas.  

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 3)

    Un corazón donde vivir (Parte 3)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte y el de la segunda para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad. Te animo a comentar y a compartir. Gracias.

    Seguimos…

    Una sombra que cruza

    Salió del hostel a las 22:00 de la noche, dispuesto a llegar a la estación de Stratford y coger el tren de las 23:15 que habría de llevarlo al aeropuerto. Las calles contiguas a la avenida principal estaban oscuras, iluminadas tenuemente por unas farolas amarillas. Se notaba que en aquella ciudad la gente cenaba a las 19:00 y ya no salía de su casa, por lo tanto el consistorio no tenía necesidad de gastar más dinero de la cuenta iluminando unas calles por las que nadie transitaba, exceptuando quienes no tenían casa ni cena.

    La visión de la larga calle oscura con farolas como velas a los lados, iluminada al fondo por los coches y los escaparates cerrados de la avenida, como si estuviera en un túnel y viera una luz al fondo, lo puso nervioso. Gerardo se hallaba con esa sensación pesada de que va a pasar algo malo pero no se sabe de dónde provendrá el peligro. Como cuando en la habitación nos asalta de la nada un sentimiento extraño, un deseo de salir corriendo o de escondernos bajo las sábanas porque alguien o algo parece estar esperando al otro lado de la puerta, o dentro del armario empotrado, o debajo de la cama. Era curioso sentir esa sensación en medio de la urbe. Luego reflexionó y dedujo que aquel lugar podía ser un sitio peligroso, y más por la noche sin conocer a nadie.

    Había sido una mala idea salir tan tarde. Si lo había hecho así había sido porque tenía que tomar el avión en plena madrugada y a partir de las 20:00 de la tarde, o de la noche según la concepción inglesa, el transporte se veía dramáticamente reducido a pocos trenes y casi ningún autobús. Seguramente la empresa paquistaní concesionaria del servicio de los clásicos autobuses rojos londinenses había decidido no operar a partir de cierta hora por una cuestión de seguridad. Gerardo fue empático con esa decisión al cruzar el umbral de la estación de metro de Hammersmith, donde uno tenía la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo, o en las fauces del gueto, cuando ponía un pie dentro del círculo de luz de hospital que proveían los fluorescentes invisibles del techo. Los comercios estaban desde hacía horas con las persianas bajadas y, en lugar de los operarios de seguridad y mantenimiento del servicio suburbano, había un par de inmigrantes, como Gerardo pero de tez oscura, evaluando a los blancos que pasaban a paso ligero a través de las puertas automáticas que separaban la zona de los transeúntes con la de los viajeros. Casi pudo sentir sobre su cuerpo los ojos aviesos de aquellas dos sombras en la esquina, sopesando el dinero que podía llevar aquel blanco de la Europa pobre dentro de la cartera. Estuvieron a punto de acercarse a Gerardo para pedir la hora o un cigarro, pero al final decidieron que era demasiado poco para perder el tiempo.

    Sin perder un segundo, a paso veloz y sin mirar a los lados, como había visto hacer a los pocos tipos despistados que llegaban tarde de la oficina o de cualquier otra parte, introdujo la Oyster Card que adquirió en un pakistaní y se abrieron las puertas hacia los lados. Una vez dentro, la sensación de peligro se rebajó pero no se marchó del todo. El ambiente dentro de la estación se sentía inquietante y solitario, como si alguien fuera a saltar a las viejas vías del tren y hubiera de ser arrollador por el histórico vagón del metro londinense, que presumía ser el primero del mundo y, por ello, el mejor. Cuánto había cambiado aquella ciudad en pocas décadas, se preguntaba Gerardo sin esperar respuesta. Seguramente aquellos andenes habían visto partir soldados hacia la primera y segunda guerra mundial, habían sido testigo de los besos y las lágrimas de familiares y novias, muchos no habrían de volver a verse. Si hubiera fantasmas, aquel lugar debería estar lleno de ellos. La energía triste y melancólica parecía haberse agarrado a los ladrillos de las paredes rojas de obra vista que delimitaban el andén. Ahora sólo pasaban extranjeros perdidos que llevaban horas sin comer, como Gerardo. Se sentía hermanado con la ralea que poblaba aquel lugar, pues todos aquellos paseantes y vagabundos compartían la misma realidad desgraciada. Pero hermanado no significaba amigable y Gerardo sabía que en cualquier momento podía suceder una situación de peligro y había que estar preparado para cualquier cosa. Con la mirada perdida, el vagabundo del final de la estación fue acercándose hacia donde estaba él de pie fumando un cigarrillo. Su cara era la imagen de la perdición más absoluta. Llevaba sombrero y botas negras, chaquetón negro roído y pantalones de un color marronáceo indefinido. Lo único que podía decir de su procedencia es que no era inglés. Podía ser alguien de oriente próximo o del Mediterráneo, como él. Caminaba a pasos cortos como una muñeca de famosa. Era inquietante verlo y Gerardo pensó varias veces en salir corriendo pero se detenía al preguntarse dónde iba a ir. Lo mejor sería esperar su destino de pie donde estaba, mirando de reojo al tipo que se acercaba con los ojos extraviados clavados sobre su figura y su maleta gris, esperando el tren que no llegaba, leyendo los carteles mind the gap, cuya traducción literal sería “piensa en el vacío” pero en español quedaba mejor el clásico “cuidado con el escalón”. Al llegar a su altura, el vagabundo gritó THIS IS THE END. Sus palabras retumbaron en las paredes de la estación y tres o cuatro viajeros se giraron en su dirección para detectar el peligro sin sobresaltarse. Siguió su camino pasando de largo, con sus pasos cortos y sus manos vacías, pensando quizás en quitarse de en medio en el próximo tren o en el siguiente. El cigarrillo de Gerardo temblaba en su mano y la sensación de peligro, el sexto sentido de Street-man, se intensificaba.  

    Por fin llegó el tren y las puertas se abrieron dejando un hueco enorme entre el suelo del andén y el suelo del vagón, de ahí el cartel que había visto antes. Tomó asiento en una de las filas vacías y se dedicó a mirar su Oyster card, recordando el momento en que la adquirió. Al llegar al hotel, había preguntado cómo podía conseguir un billete recargable de metro, dado que había preguntado en la estación pero el empleado indio no había sabido explicarle, ni había tenido ganas de perder el tiempo con la escoria del Mediterráneo. El recepcionista gordo del hotel, Thomson, le comentó que necesitaba una Oyster card y le mostró la suya: una tarjeta azul de plástico duro. Le dio una dirección donde conseguirla y allí se dirigió. Según las indicaciones, parecía lejos del servicio de transporte, supuso Gerardo entonces que se adquiría en una oficina estatal cercana a la estación, costumbres inglesas que él no entendía bien. Al llegar al lugar no pudo más que sentirse contrariado. Estaba frente a un colmado de productos varios, lo que en su tierra se conocía como un paki. Hubiera vuelto al hotel sintiéndose engañado si en la puerta no hubiera visto los colores parecidos a la tarjeta que le mostrara el recepcionista Thomson y las letras Get your Oyster Card here! en la pegatina azul.

    Entró en el negocio pakistaní y preguntó por el funcionamiento de la dichosa Oyster Card. El tipo lo explicó rápido con un marcado acento hindú que era totalmente ininteligible para Gerardo. Le pidió por favor que lo explicara despacio y el tipo suspiró cansado, diciéndole que le diera veinte libras con la voz y animándolo con la mirada que se largara pronto de allí. Le parecía curioso los modales rudos del tipo. Era una sensación que no había experimentado nunca. Él siempre había sido amable con los inmigrantes y ellos con él, pero al ser uno más, el mundo cambiaba radicalmente y en todos los ámbitos, entre los blancos y los demás, mandaba la ley del dinero y no había hermandades que valieran. Sin saber si lo habían estafado, salió de la tienda con su Oyster Card, cargado de dudas. Al cabo de poco tiempo descubriría que la mitad del dinero había ido para pagar la dichosa tarjetita y la otra para recargarla de viajes que permitían moverse en metro y en autobús por toda la ciudad, medios de transporte operados en su totalidad por la etnia hindú, quienes parecían poseer el monopolio del transporte de personas en la ciudad sobre el Támesis. Las vueltas que daba el mundo.

    En esta y otras reflexiones, las estaciones se iban sucediendo. Por la ventana no se veía el paisaje porque un manto negro moteado de luces tenues lo recubría todo. Sólo podía ver su reflejo en el cristal. Llevaba el pelo más corto, con el flequillo peinado hacia delante. Sus ojos azules parecían vacíos en el cristal, como si fuera la versión maligna de sí mismo. Las luces fluorescentes tallaban su perfil con navaja y se le notaban las marcas de un acné cruel que había padecido en su primera adolescencia. A pesar de todo sonreía y se le veían los dientes torcidos en su boca pequeña. La barbilla era prominente y sus mandíbulas, aunque finas, prometían hacerse anchas con la llegada de la edad adulta. Gerardo no era un tipo guapo, pero siempre se había sentido alguien atractivo. Nunca había tenido miedo de ser quien era y por eso había conseguido estar con algunas chicas cuyo entorno de amistades no comprendía qué hacía su amiga con un tipo como él. Su mirada altiva parecía escupir en la cara de quienes le reprochaban su fealdad, demostrándoles a la primera de cambio su estupidez, mal que consideraba mucho peor. Entre ser feo y ser tonto, prefiero mil veces lo primero, decía ufano a sus amigos. Había conseguido liarse con chicas guapas, pero además de guapas podían ser inteligentes y buenas, como lo había sido Cayetana para él. Fue un golpe de suerte que la consiguiera.

    Pero la perdió. Es difícil manejarse en la adversidad, pero es mucho más fácil que administrar el éxito. Del fracaso solo se puede salir y uno no teme a nada, del éxito sólo se puede salir y uno lo teme todo, comete errores o se deja llevar por las mieles de un momento pasajero, sin pesar en lo que vendrá a continuación ni estar preparado para ello. Beber a tragos grandes de la fuente de la vida hasta que se acabara el agua clara, sin saborearla siquiera, para atesorar dentro todo lo bueno que fuera posible. Una vez le dijeron que vivía la vida demasiado deprisa, como absorbiéndolo todo demasiado rápido, sin tiempo a digerirlo. Gerardo contestó. Tienes razón, ¿acaso hay otra forma? Y la besó. Era una mujer mayor que él, bien entrada en los cuarenta, psicóloga. Se habían conocido de fiesta y se enamoraron a simple vista. Ella tenía pareja y él ya no. Acabaron besándose en la casa de ella después de una noche de copas y desenfreno. Su pareja, un calvo gordo con cara de pánfilo abrió la puerta en ese momento. Se separaron y la cosa quedó así hasta al cabo de poco tiempo, cuando volvieron a verse de nuevo para amarse.

    Pensaba si le contaría aventuras como esa a Cayetana. Durante su relación, ella siempre le había narrados historias de sus amantes, con todo lujo de detalles y de posturas, que le habían hecho sentirse tan pequeño como su miembro en ese momento. Lejos de inspirarlo, se había visto superado por el número y la calidad de los amantes de Cayetana anteriores a él, un niño al fin y al cabo que poco o nada sabía aún del amor y de la vida. En ese tiempo había aprendido unas cuantas cosas sobre ambos temas pero nunca, en ningún momento y en ninguna de las circunstancias, había dejado de echarla de menos. Su hubiera podido volver atrás en el tiempo, había sin duda vuelto sobre sus pasos, no habría hecho aquella llamada definitiva, habría salido a buscarla después de trabajar para pasear por la playa y hablar, hablar y hablar, como hacían siempre y les gustaba hacer, bajo la luz de las pocas estrellas que dejaba ver el cielo contaminado, escuchando el rumor de las olas aceitosas que la luz de la luna reflejaba en un camino. La necesidad perentoria de adquirir experiencias vitales, el paso iniciático de ser un niño a un tipo experimentado, habiendo atesorado momentos y camas y noches, había significado necesariamente el sacrificio de su relación. Y a pesar de que había encontrado aquello que anduvo buscando, se dio cuenta de que no valía la pena. Que todo el relato social que por entonces poblaba la imaginería de los veinteañeros era, como todos los relatos sociales, pura palabrería hipócrita que no servía para ser feliz. Gerardo tenía frío. Se sentía helado por dentro como si una enfermedad hubiera atenazado sus sentimientos y los hubiera dejado postrados en una cama interior donde no daba la sombra, su corazón era una habitación cerrada, hermética, y la única llave que la abría se había quedado con Cayetana, por accidente, al salir de su vida.

    Se preguntaba si ella querría escuchar sus historias, después de hacer el amor junto a la ventana fumando un cigarrillo compartido o paseando por una playa irlandesa que no conseguía imaginar. De hecho, no conseguía atraer en ese momento ninguna imagen a su cabeza, sentado sobre el banco del vagón del metro en mitad de Londres, el cual iba perdiendo fuerza y reduciendo su marcha para llegar a la estación donde tenía que bajarse. La incapacidad de no poder imaginarse juntos lo derrumbó un instante, lo que duró el halo de las puertas del vagón al abrirse de par en par. Hay seres que habitan en esas realidades minúsculas: un rayo de luz, una brisa de aire, una sombra que cruza.

    …oooOOOooo…

    Me encantaría contigo

    La estación de Stratford era inmensa y estaba en, lo que para él era, la mitad de la nada. De corte racionalista, el edificio tenía una gran cristalera cúbica con unas escaleras larguísimas y amplísimas en el lado derecho según se miraba. Al fondo de aquella escalera se veían altos edificios de oficinas. La llamada City de London City no debería andar lejos, con sus bancos y su gente rica preocupada por la soledad y la muerte.

    Gerardo tenía el tiempo justo para fumar un cigarro y encontrar el andén de su tren. En la calle bulliciosa el espectáculo era parecido a Hammersmith: coches pasando de un lado al otro en dirección contraria, transeúntes con prisa que parecían llegar tarde, inmigrantes y vagabundos parados o moviéndose a cámara lenta evaluando las posibilidades de supervivencia que la noche ofrecía. Nadie se le acercó a pedirle un cigarro y eso lo tranquilizó en general. Parecía que lo peor había pasado. Llegaría al tren y, una vez allí, podría recostarse un rato sobre un sillón que imaginaba cómodo.  El trayecto desde la Stratford Station hasta Stansted Airport duraba exactamente 59 minutos. Con suerte podría aprovechar y dormir un rato en el mullido asiento del tren.

    Una vez terminado el cigarrillo echó una última mirada a la ciudad de Londres antes de perderla de vista hasta otra ocasión venidera. Siempre que abandonaba una ciudad, sobre todo en el extranjero, pensaba en si aquella sería la última vez que estaría allí, si la vida volvería a ofrecer la oportunidad de recorrer las calles, las plazas y los parques que había conocido. Parecía absurdo pensarlo en Londres, una urbe repleta de demasiados españoles que estaba a un golpe de avión; pero en la vida nunca se sabe. Su corazón acariciaba un sentimiento de suave melancolía mientras su mirada se despedía, quién sabe si para siempre, de los vagabundos y paseantes que poblaban las húmedas calles brillantes, aledañas a Stratford Station. Dio un chasquido y se introdujo en el edificio.

    Gerardo se sentía profundamente solo en aquel lugar. No solamente por la sensación de no tener a nadie con quien compartir sus penas y alegrías, sus miedos y sus esperanzas, además lo amenazaba una sensación de desprotección absoluta, como si estuviera atravesando a oscuras una cueva y, de pronto, una mano fría fuera a agarrarlo del brazo. Distrajo la mirada sobre los escaparates cerrados de la estación e hizo tiempo mirando los emparedados de una cafetería abierta. Siete libras por un maldito bikini, se dijo, qué locura de ciudad. Tenía hambre. No había comido caliente desde las 12 de ese día y nada desde la tarde cuando compartió unos crackers con Mogomby antes de despedirse. Todo era demasiado caro y había que mirar por el dinero, por lo menos hasta llegar a Irlanda, cuando podría hacer una evaluación del patrimonio y quizás, por qué no, si había suerte, comer -¡y dormir!- en casa de Cayetana. A pesar de que no conseguía imaginar la cara que pondría cuando lo viera aparecer, de hecho prefería no pensar en ello porque tenía miedo de no atreverse y rajarse al final, a pesar de todo, no podía evitar sonreír ante la perspectiva de un futuro diferente. Se sentía como el héroe en una historia, que tiene que pasar por una serie de pruebas y de sinsabores, hasta llegar al fin: la felicidad que da el amor de la persona amada. Todas las películas del mundo no podían estar equivocadas. Levantó la vista y observó que el dependiente, que más que un camarero parecía un segurata de tan grande y tan negro como era, lo observaba con cara de pocos amigos, como diciendo en inglés: lárgate ya de aquí, motherfucking bum.

    El tren de las 23:15 salió de la estación con puntualidad inglesa. A Gerardo le parecía que era el único viajero de aquel tren fantasma, no había visto a absolutamente nadie en el andén y el vagón donde viajaba estaba completamente vacío. Se preguntaba si esa no sería una versión macabra del tren hacia Hogwarts en el que viajaba Harry Potter con sus amigos hacia el mundo mágico, pero si en su caso fuera un tren cuyo maquinista era un esqueleto con el pelo largo y sombrero azul, que se reía con una sonrisa cadavérica porque el destino de aquel vehículo no era el aeropuerto ni el mundo mágico de Harry Potter, sino un infierno abisal de negrura, de silencio, de nada absoluta y consciente.

    Pasaron unos 15 minutos cuando unas voces lo despertaron de sus pensamientos stephenkinianos. Había dormitado ese tiempo casi sin darse cuenta, distraído en la negrura del paisaje en la ventaba. Le pareció haber oído gritos en la estación y voces idiotas, pero no les prestó atención. Ahora las voces venían de más allá de los vagones, eran fuertes, eran varias y cada vez estaban más cerca. Gerardo sabía lo que esas voces significaban: problemas. Lo supo antes de ver aparecer a cuatro tipos altos, delgados, con la tez café con leche, que hablaban inglés y lo que parecía ser árabe. Al ver a Gerardo, decidieron que habían llegado al vagón que andaban buscando y se pusieron a pajarear unos asientos más adelante. Sin duda habían subido al tren en una de las pocas paradas que este había hecho, en las afueras, donde habían conseguido montarse sin billete. No tenía pinta de que fuera aparecer un revisor a pedir los pasajes. Gerardo sabía que no iba a aparecer nadie. Pensó en las posibilidades que ofrecían las circunstancias, pensó en salir corriendo pero sabía que no tenía escapatoria: estaba acorralado.

    Maldita sea, dijo entre dientes. Los cuatro chicos hacían cada vez más ruido y se movían cada vez de forma más brusca. Se decían frases cortas con tono desafiante, como dándose ánimos unos a otros. Gerardo se preparó para pelear, pero estaba muerto de miedo. Se veía en el suelo del vagón, tumbado entre los asientos, sus dientes rotos en un charco de sangre sobre el reposabrazos y el suelo, sus ojos anegados de lágrimas rojas ahogándose en el inconsciente, alguna costilla rota y la respiración entrecortada, buscando un poco de aire entre patada y patada. Este iba a ser su final, todo había sido una locura, había sido un error. Cayetana tenía su vida y era mejor dejarla tranquila, qué narices andaba haciendo allí, en mitad de las vías del tren, en un país demasiado caro, rumbo a otro país del cual no sabía absolutamente nada para encontrar una chica que quizás ya no lo quería. Las decisiones tienen sus riesgos y ahora estaba dándose cuenta.

    Finalmente, uno de los chicos se acercó. Era más alto que Gerardo. Se puso justo en frente, en la fila de delante. Sus ojos oscuros en su cara puntiaguda parecían estar analizándolo, como si fuera una inteligencia robótica que pudiera medir la fuerza del individuo en base a unos factores concretos. Gerardo optó por mantener los ojos fijos en los del chaval, un poco más joven que él, de unos dieciocho-veinte años. El chaval dijo algo ininteligible y rio. Los demás rieron también y se acercaron. Gerardo no dijo nada, siguió mirando al que tenía en frente y siguiendo por el rabillo del ojo a los otros tres. Se mantuvo así unos segundos que parecieron horas. Sólo se oía el traqueteo del tren sobre las vías chirriantes. Uno de los chicos negó con la cabeza: no vale la pena, parecía decir. Los otros parecían estar de acuerdo. Preguntaron algo pero Gerardo siguió en silencio dispuesto a morir en ese vagón, no por valentía sino porque no quedaba otra. Dijeron algo más y, sin dar más explicaciones, se largaron como habían venido. El tren iba deteniéndose y se bajaron en esa parada, que estaba en lo que parecía un terreno baldío, sin edificios, solamente descampados. Gerardo los vio marcharse riendo y se sintió contento y a la vez contrariado. Si bien sentía alivio por lo que no ocurrió, una parte de él hubiera preferido sacar el miedo, el dolor, la rabia de todos aquellos años, de todos sus fracasos vitales, de golpe, con algo, contra alguien y con aquellos chicos parecía haberse presentado la oportunidad perfecta para encontrar, por fin, la paz. Había pasado una época en la que no le importaba estar vivo o muerto y ahora que se le presentaba la oportunidad de que ocurriera algo, de que su mundo tomara por fin una dirección, va y todo volvía al principio. Sintió la sangre estancada dentro del cuerpo y el estómago pesado a pesar de estar vacío. Empezó a temblar de miedo, de pánico. Qué narices había ocurrido. Qué demonios estaba ocurriendo. Cayetana, me oyes. Acaso puedes verme ahora sentado en este vagón en medio de la noche sin ojos para verte, se lamentaba una voz dentro de él, una voz desesperada que pugnaba por salir gritando.

    Encendió un cigarro cuando el tren arrancó de nuevo. Quedaban apenas unos veinticinco minutos para llegar al aeropuerto, tenía que intentar relajarse o no lo dejarían subir al avión en el control de fronteras. Calada a calada fue sintiéndose mejor, recuperando el pulso perdido pero con la sensación de tener una canica de acero entre las tripas. Ahora lo sabía. Aquello había sido una mala idea, el viaje, la aventura. No iba a conseguirlo, el avión que había de llevarlo al aeropuerto de Dublín estallaría o algo similar, una fuerza no quería que llegara a donde se proponía y era demasiado fuerte como para sobreponerse a su influjo. El tren llegó por fin. Tomó su maleta y salió.

    Lo mejor será volver a casa, insistió una voz. En cualquier caso, su casa estaba muy lejos, así que se dirigió al panel de llegadas y salidas, se situó enfrente y descansó. El ambiente en el aeropuerto era tranquilo, casi en completo silencio. Los mostradores de las distintas compañías se veían vacíos a aquella hora. Pocas salidas quedaban entonces. Algunos viajeros se apostaban en rincones dispuestos a pasar la noche tumbados en el suelo. Gerardo comprobó la hora en la que su avión hacia Dublín había de partir.

    El despegue estaba previsto para las 6:30 de la mañana. Quedaban más de cinco horas para embarcar. Tiempo suficiente para sentarse un rato a pensar. Buscó un banco pero no lo encontró, así que decidió sentarse en el suelo, junto a un estante con la persiana bajada que parecía inhabilitado. Es cierto que todo estaba siendo más difícil de lo esperado, pero tampoco había necesidad de ser demasiado negativo. Al fin y al cabo, había tenido suerte a pesar de todo y aquellos chicos no lo habían reventado en ese tren como una bolsa vacía. Podía darse con un canto en los dientes y sentirse el tipo más afortunado del mundo, según se miraba. Además, tenía una misión, un propósito, y aunque era una locura, era mejor tener una ilusión, una esperanza, a no tener nada.

    No había motivos reales para pensar que todo no acabaría saliendo bien, quien no arriesga no gana, se decía Gerardo. Cogió su teléfono móvil y lo encendió. Quedaba apenas un 20% de batería y no se veía un enchufe a la vista para recargarlo. Aún así, decidió entrar en la mensajería y abrir la última conversación con Cayetana. Se trataba de un vídeo que le había pasado de un concierto al que había ido. Era una sala pequeña donde un grupo tocaba canciones rock harto conocidas por ambos. Eso derivó en una conversación sobre que en Irlanda, según le dijo, había mucha música en directo, que en los bares se estilaba eso de que subiera un tipo a cantar con una guitarra acústica que manejaba con solvencia, que la música se vivía allí de otra manera. Te encantaría, Gerard, decía el mensaje debajo del vídeo donde una banda interpretaba una canción en inglés muy conocida por ambos. A Gerardo se le anegaron los ojos de lágrimas dulces.

    -Es verdad, Caye. Yo creo que me encantará.

    Dijo bajito, mientras una lágrima resbalaba mejilla abajo. Habían pasado un par de semanas desde esa conversación. Otro día había iniciado él otro tema pero no había tenido respuesta. No había insistido más, ya tendrían tiempo para ponerse al día cuando estuvieran juntos, cuando se miraran a los ojos y ella viera todo el amor que ardía en él.

    Poco a poco, con el móvil reproduciendo la melodía de aquella canción conocida, se fue quedando dormido sobre el suelo gris de aquella nave inmensa sin paredes interiores.

    -Cualquier lugar me encantaría contigo.

    …oooOOOooo…

  • Podría haber sido yo (Parte 1)

    Podría haber sido yo (Parte 1)

    Era martes, 22 de marzo de 2016, y yo había madrugado mucho para subir al avión veinte minutos antes de las 6:10 de la mañana. Mi padre me había dejado la noche antes en la estación de autobús de Tarragona y tomé un autocar nocturno que me dejó en el Aeropuerto del Prat de Barcelona al cabo de una hora. En general, había pasado la noche sin dormir demasiado y me sentía en un estado de sopor un tanto indiferente.

    Al día siguiente sería mi cumpleaños, cumpliría 26, pero no andaba demasiado ilusionado con eso, de hecho, durante aquella época, no andaba ilusionado con nada. Iba por la vida como arrastrado por una corriente de aire, sin saber muy bien adónde se dirigían mis pasos vitales, y sin importarme demasiado. Iba a vivir la efeméride en otro país, lejos de mi familia y amigos. Lo último no me importaba demasiado, porque igualmente no hubiera visto a mis colegas aunque me hubiera quedado en casa: no tenían muchas ganas de verme en aquella época. Fueron años duros, y muy felices.

    Quien sí quería verme era una chica belga que había conocido el verano anterior. Se llamaba Karlaina, aunque se escribe diferente, y tenía mi edad. Como tantos otros de sus compatriotas, había venido a las costas de Tarragona a pasar unos días de vacaciones con unas amigas, quiso la casualidad que fuera en el hotel donde yo trabajaba de camarero recogiendo vasos de guiris y sirviendo cervezas. Había gente que consideraba aquello muy duro y no aguantaba una semana trabajando de pie diez horas diarias, seis días a la semana, por mil euros. Vi muchos llegar y marcharse a llorar a su casa. Para mí fueron años maravillosos donde conocí personas imprescindibles como Karlaina.

    Tuve la suerte entonces de que ella se fijara en mí y me encontrara por la red social de referencia en ese momento, y en la cual yo casi ni entraba, Facebook. A raíz de ahí, iniciamos una conversación que terminó con su vuelta, al cabo de una semana a La Pineda, donde yo trabajaba, pero esta vez en un apartamento que compartimos por unos días azules. Nuestro affaire se nos hizo de lo más dulce y repetimos varias veces ese verano. Ella era enfermera en un país mucho más rico que el mío, venía de una familia pudiente, y podía permitirse el lujo de tomar el avión como el que agarra un autobús. Aunque tenía mucho más dinero que yo, nunca me sentí inferior a su lado y siempre me trató como a un igual. Yo tenía la intención entonces de ser profesor si conseguía reunir el dinero para pagarme el abusivo máster necesario para ejercer esa función en España. Recordaba que el día que me admitieron en la Universidad, estaba con ella en la cama cuando me comunicaron la noticia y dimos saltos de alegría en ese verano de 2015.

    Pensaba en todo aquello recostado en el asiento del avión, viendo amanecer por la ventana y, a pesar de todo, no me daba cuenta de lo feliz que era. Yo estaba atribulado por ciertos problemas que me había hecho romper con algunas relaciones que yo hube considerado indestructibles no hacía mucho tiempo atrás, y la pérdida inevitable de estas personas se me hacía tan difícil de superar como si fuera la muerte de un ser muy querido. La realidad cede con demasiada facilidad y no hay nada más absurdo, menos entendible, que las despedidas para siempre, ya sean las que impone la vida o las que impone la muerte. Aunque era mi último día con 25 años, que tenía una aventura por delante de una semana en Bélgica con mi chica en un apartamento para nosotros, a pesar de que me estaba comiendo el mundo a bocados, estaba melancólico y apesadumbrado. Sentía que lo mismo me daba morir que vivir en este cuento absurdo que llamaban realidad. Por eso me dejaba llevar por el aire como una bolsa de plástico, metido en este caso en un avión de Ryanair que tenía prevista su llegada al Aeropuerto Internacional de Zaventem (Bruselas) a las 8:30 de ese día, marcado en la historia, 22 de marzo de 2016.

    Una voz de la tripulación nos pidió en inglés que nos pusiéramos los cinturones de seguridad porque íbamos a iniciar el aterrizaje. Eran aproximadamente las 7:55 de la mañana, como habíamos salido puntuales, estaba previsto que tocáramos tierra un poco antes de la hora convenida. Mientras yo y los demás pasajeros pensábamos en nuestras particulares cosas y la tierra belga se aproximaba cada vez más, intervino en inglés la voz angustiada del comandante: …there have been an explosion at the airport…

    Sólo entendí la palabra explosion y airport y los chillidos ahogados de algunas personas que se llevaban las manos a la boca. Luego se produjo el silencio más tenso que he oído en mi vida, como si la cuerda que lo sostenía fuera a reventar de un momento a otro y el mundo que conocíamos se pudiera terminar en un pestañeo. Poco a poco, empezaron a oírse rumores de voces hablando en idiomas indescifrables para mí, excepto por el tono, que era contrito y asustado. Pensé en encender mi móvil, pero habría sido inútil, dado que no teníamos cobertura. Además, daba la casualidad de que había salido de casa prácticamente sin batería y no había tenido la oportunidad de cargarlo en algún enchufe del aeropuerto. Sería mejor llegar a tierra y esperar a ver cómo terminaba todo.

    Me sentía tranquilo. Para entonces, ya todos sospechábamos que, en el mundo en el que vivíamos, una explosión en el aeropuerto no se producía por accidente. En general, la gente estaba callada, rezando lo que sabía o aguantándose las ganas de salir corriendo o, como yo, sin saber muy bien qué pensar ni qué hacer. Seguí recostado pensando en que, cuando se producía un atentado, no solía suceder de forma aislada y había que esperar otro en alguna parte. Quizás en el avión donde viajábamos, debíamos de pensar todos.

    La voz del comandante volvió a sonar. Airport Charlorai. Resulta que iban a desviar nuestro vuelo. Es bien sabido que Ryanair viaja con el combustible justo para ahorrar en costes, más de uno esperábamos que tuviéramos el suficiente para llegar al otro aeropuerto, que por otra parte yo desconocía completamente en qué país se hallaba. Había quedado con Karlaina en que me recogería en el aeropuerto de Zaventem a la hora indicada, pero en ese momento yo no sabía dónde había sucedido la tal explosion.

    Pero yo seguía tranquilo, viendo los acontecimientos que sucedían como si los viviera otra persona. Entonces entendí que el miedo era completamente arbitrario y lo mismo te agarraba en tu casa viendo la tele que te dejaba en paz dentro de un avión buscando urgentemente pista de aterrizaje. Por fin conseguimos tocar tierra y, una vez que el aeroplano se paró, en vez del previsible alivio, empezaron las prisas y la ansiedad. Sonaron los teléfonos móviles casi al unísono. Cuando encendí en mío, mi padre me había llamado más de nueve veces. Antes de que pudiera devolverle la llamada, me estaba contactando de nuevo y lo cogí. En su voz fue cuando me asusté. Era fría y dura, como el que se prepara para oír cualquiera clase de noticia, incluso la peor de todas.

    El día martes 22 de marzo a las 8am hubo un atentado terrorista con explosivos en el Aeropuerto Internacional de Zaventem, Bruselas. Por ese entonces, apenas las 9 de la mañana, ya era noticia a nivel internacional y todo era confusión. Le dije a mi padre que habíamos aterrizado en otro aeropuerto, que estaba bien, que no se preocupara, que allí no había pasado nada y que tenía que colgar porque tenía que llamar a Karlaina. Sólo esperaba que ella estuviese bien, dado que era previsible que se encontrara en el lugar de los hechos a la hora en que las explosiones ocurrieron, esperándome en las Llegadas.

    Intenté contactar con ella pero fue imposible, las líneas debían de estar saturadas. En el avión, todos intentaban establecer contacto con el mundo exterior. En esa tesitura, se me terminó la batería del móvil. Maldije mi mala cabeza y me dispuse a encontrar un enchufe de forma urgente, una vez que pudiera acceder a la maleta y agarrar el cargador, el cual esperaba con todas mis ganas haber traído al viaje y no haberlo olvidado en casa, cosa posible dado que había hecho la maleta deprisa y corriendo.

    El Aeropuerto de Charlorai se encontraba en Bélgica, a 46 quilómetros de la capital. Fue una suerte que no hubiéramos acabado en Francia o en Alemania. Quizá, porque fuimos de los primeros vuelos desviados, acabamos en el aeropuerto más inmediato a nuestro destino. Pero Charlorai era un aeropuerto como el que hay en mi pueblo y ahora estaba absorbiendo el tráfico aéreo de su hermano mayor, el aeropuerto de Zaventem. Nos bajaron en la pista y nos indicaron que camináramos hacia un edificio que se veía a unos doscientos metros más allá, donde encontraríamos la salida. El personal del aeropuerto brillaba por su ausencia, dado que fueron a atender al próximo vuelo desviado que aterrizaría en el pequeño aeropuerto de un momento a otro. Todo era un pandemonio.

    Visto lo visto, me daba tiempo de fumar un cigarrillo. Lo encendí, como hicieron otros pasajeros, y fuimos fumando por la pista del aeropuerto hacia nadie sabía muy bien adónde, pero con la alegría efímera por satisfacer una necesidad acuciante como la sed.

    Llegados al interior del edificio del aeropuerto, el caos se intensificaba por momentos. Atravesamos las salidas sin ningún control por parte de los empleados del lugar. En lo que parecían unas aduanas vacías, encontré el preciado enchufe que andaba buscando como un perro ventor y me dirigí a ese rincón sin saber muy bien si me echarían de allí. Abrí mi equipaje de cabina y saqué el bendito cargador que, con manos nerviosas, conecté al teléfono. Esperé a que marcara un dos por ciento para encenderlo y entonces sí que vi las decenas de llamadas de Karlaina, lo cual me tranquilizó de sobremanera. La llamé yo y me contestó con lo que parecía el manos libres de un coche. Estaba bien. En Zaventem todo era un caos, estaba intentando salir del aeropuerto rumbo a Charlorai, donde sabía que yo estaba. Su voz sonaba nerviosa y mezclaba el inglés con palabras en su idioma, el flamenco. Quedamos en que nos veríamos en Charlorai cuando consiguiera llegar, pero tenía que ser paciente porque el tráfico era horrible y el caos absoluto en todas partes. Le mandé un beso y le dije que se cuidara mucho. Beso, dijo.

    Esperé un poco más y me di cuenta de que no podría seguir en ese lugar liminal mucho más tiempo, que era cuestión de minutos que llegara alguien del aeropuerto y me preguntara qué diablos estaba haciendo en ese rincón con una maleta, en pleno pasillo por donde iban pasando oleadas de pasajeros asustados de diferentes vuelos internacionales. Recuerdo ver a un señor con turbante que llamó mi atención. Nos miramos un momento a los ojos, la verdad es que no me habría gustado ser él entonces.

    Con menos de un diez por ciento de batería, atravesé por fin el portal de las llegadas con la esperanza de encontrar otra toma de corriente en algún lugar. Fue entonces cuando me percaté de la magnitud del caos. Miles de personas se agolpaban en el amplio vestíbulo del aeropuerto, que había superado su aforo por mucho. Todos iban de un lado al otro haciendo preguntas al personal del aeropuerto que no sabían muy bien qué responder ni qué hacer. Un tipo pálido con una rebeca apretada sobre su tripa, responsable del lugar, miraba a todas partes con los ojos como platos, como queriendo decir algo a alguien, pero sin encontrar las palabras ni el receptor del mensaje. Había pensado en preguntarle dónde había una toma de corriente, pero desistí. Quise salir al exterior y alejarme de aquel barullo, porque entonces sí que sentí cierta sensación de desprotección: si los perpetradores han decidido poner una bomba en aquel aeropuerto, las víctimas se contarían por centenares, si no por miles. El plan era que no había plan.

    Una vez en la calle, vi llegar los autobuses, los coches, las gentes yendo y viniendo. Todo sucedía muy deprisa a mi alrededor y yo estaba detenido en medio del mundo, fumando otro cigarrillo, pensando en que al día siguiente sería mi cumpleaños y tendría 26 años, pensando en el absurdo de la vida y en la facilidad con que cede y se desmonta el edificio que llamamos Realidad. Al final, encontré un enchufe y me senté a leer.

    Más tarde supe que hubo otras explosiones en el metro de Bruselas y que hubo víctimas mortales de distintas nacionalidades, entre ellas un español, que podría haber sido yo.

    Nota del autor: La próxima publicación en unos días será la Parte 2.