Técnicas efectivas para la gestión de aula (Primera parte)
Se entiende que la «gestión de aula» es la práctica docente que consiste en administrar el tiempo, los recursos y, sobre todo, al grupo de alumnos que conforman una clase. En este artículo, abordaremos la gestión de aula en la educación secundaria, es decir, dirigida a adolescentes. El principal reto para aquellos especialistas que desean dedicarse a la educación es el de ponerse frente a un grupo de 25-30 chicos y chicas, cada uno con individualidades muy diferentes, pero que juntos tienen un poder, y un potencial, enorme. Se trata pues de abordar este problema y ofrecer técnicas y consejos que puedan ayudar a la práctica docente, sobre todo para quienes no tienen mucha experiencia o para quienes todavía no se han metido en «la jaula de los leones». Es bien sabido que el hecho de tener que lidiar con adolescentes, y el vértigo que ello supone, aparta a muchos futuros docentes de la educación, porque piensan que para ello se necesita un talento o una llave especial. Nada más lejos de la realidad, lo único que se requiere para tener éxito en esta tarea es lo mismo que para todas: ilusión y ganas.
Si estás aquí leyendo este artículo, ya tienes lo que hay que tener para conseguirlo.
1.La autoridad ni se crea ni se destruye, sólo cambia de manos
Cualquier persona que forme parte de la sociedad habrá oído hablar del debate de «la autoridad» y quizás alguno haya participado de él, a pesar de no conocer los rudimentos de la función docente. Entendemos por «autoridad», que de unos años a esta parte ha tenido tan mala prensa por parte de algunos especialistas en docencia, el hecho de tener el mando de la clase y de decidir qué hace cada individuo según el momento. Para ganarse la autoridad, se necesita previamente haberse ganado el «respeto» de los alumnos. Y antes que todo eso hay que partir de una idea previa: la autoestima.
Sobre todo si uno es joven, le asalta el llamado «síndrome del impostor». Uno se pregunta, ¿quién soy yo para mandar a estos chavales algo?, si sólo hace unos años yo era un chaval como ellos, si ni siquiera conozco bien la materia que tengo que impartir, si hay niños y niñas más listos y con más carisma que yo… En cualquier profesión, a un trabajador le pueden asaltar esta clase de dudas existenciales, que luego se ocultan o se administran en secreto. El problema de trabajar con adolescentes, y no con adultos, es que ellos perciben la inseguridad de una forma reactiva. Por ello es muy necesario un trabajo previo de auto-convicción, para lograr que el estudiante, receloso por naturaleza, deposite su confianza instintivamente en el adulto que tiene delante y que no conoce.
Hay un principio fundamental que justifica la autoridad que un profesor/a tiene delante de un grupo de alumnos adolescentes, aunque este docente lleve una hora ejerciendo la profesión, aunque nunca en su vida se haya puesto delante de una clase. Cuando se cierra la puerta del aula y el maestro/a está delante de su alumnado, ¿quién es el que tiene la responsabilidad del grupo? Por poner un ejemplo. Si en el transcurso de esa hora de clase sucediera un accidente de cualquier índole, que provocara que las autoridades tuvieran que acudir al centro educativo para intervenir el problema, ¿a qué sujeto le van a pedir explicaciones? Efectivamente: a la persona adulta y responsable de todo el grupo, al gestor autorizado por el Estado y en quien los padres confían, conscientemente o no, durante las horas que ocupan la jornada lectiva. El profesor/a es el máximo responsable del grupo de alumnos y por ello constituye la máxima autoridad.
Uno de los errores más habituales que se cometen por parte de los equipos docentes y directivos es el de desautorizar al docente frente a los alumnos, cuando estos van a quejarse por cualquier circunstancia, tengan razón o no. Lo que sucede a veces, desgraciadamente, es que el autoproclamado representante de los alumnos establece comparaciones agradables a los oídos de quien las escucha: A diferencia de contigo, con el profesor o con la profesora «tal» no nos portamos bien, o también, él/ella no sabe explicar como lo haces tú, o cualquier otra forma de captar la benevolencia. La vanagloria es el punto débil de todos los seres humanos, así que no deja de ser habitual que el docente, que escucha que su labor es mucho mejor que la de otro, se deje adular por el canto de sirenas y, en su fuero interno, dé la razón a los estudiantes sin pensar en las consecuencias negativas que tiene eso para sí mismo. Porque, se acepte o no, un docente no sabe trabajar en equipo si no va a una con sus compañeros, por muchos años que lleve en la profesión y muy bueno que sea explicando Sintaxis o Trigonometría. Si le da la razón a los alumnos minando la autoridad del compañero/a, sin quererlo, socava la suya propia: el día de mañana, cuando tenga que dirigir a los alumnos, no querrá ser comparado por estos con el mal profesor y no se comportará en base a su profesionalidad sino en razón de su propia autoestima. Por ello, los docentes tienen que funcionar como una unidad, como un equipo con los mismos intereses y objetivos: el que los alumnos aprendan, no solamente lengua o matemáticas, sino también a convivir.
No obstante, uno no solamente es responsable del grupo de alumnos, sino de lo que sus compañeros hacen durante su labor. Muchas veces, en sus quejas, los alumnos tienen toda la razón. Hay profesionales que son arbitrarios con la puesta de calificaciones, que no trabajan lo suficiente, que explican poco y mal a sabiendas, sin querer esforzarse, pero que son duchos en aplicar la ley del miedo, aprendida en años o siglos de experiencia. Es muy fácil confundir la autoridad con el autoritarismo, el respeto con el miedo, el liderazgo con el mangoneo. Por eso es necesario que los equipos docentes y directivos tengan herramientas, y «autoridad», para controlar los comportamientos abusivos por parte quien se propase, porque esas mismas herramientas protegerán a quienes quieren hacer su trabajo bien y les darán a los alumnos una lección fundamental: manda quien lo merece. Debido a las décadas donde las máximas autoridades en materia educativa son cargos políticos, es decir, gente que no sabe nada sobre gestión de aula, Matemáticas o Lengua, estas (des)autoridades viven en sus propias cámaras de eco, es decir, en su mundo, alejados de la realidad del pobre docente sustituto que aterriza en un centro educativo y tiene que sobrevivir una clase más. Son estos políticos, no los pedagogos, quienes han negado la autoridad del profesor, quizá por carecer ellos de legitimidad para ejercer la suya propia. Pero la autoridad ni se genera ni se destruye, sólo cambia de manos. Así, si no es el profesor/a el que manda al pisar un aula, hay que preguntarse en manos de quién está el rumbo de la clase. Los intereses del alumno más matón no serán los mismos que los profesor o profesora, por muy inhábil que este sea, a saber: que los alumnos aprendan lo que él o ella sabe, sino otros más espurios, como no hacer nada, infundir miedo en los más débiles, vanagloriarse de tener más autoridad que el docente, es decir, creerse más que el adulto responsable, en última instancia, de todo lo que sucede durante la hora de clase. ¿Eso es lo que quieren los padres? ¿Para eso paga el Estado docentes?
A pesar de la política, el docente tendrá el lunes el mismo problema que cada día y lo que venimos a ofrecer en este artículo son soluciones. Así que el primer paso para ganarse la autoridad de los alumnos es creerse que uno tiene el mando sobre los alumnos porque el docente es responsable del bienestar de ellos, que tienen todo el derecho de ser adolescentes, de equivocarse, de aprender. Nunca, bajo ningún concepto, hay que tomarse los comentarios de los alumnos bajo el prisma de lo personal, o como única manera de saber si el trabajo se está haciendo bien. Por supuesto que uno trabaja porque los alumnos aprendan, pero el aprendizaje no pocas veces conlleva sacrificio y esfuerzo, y como los adolescentes no son tontos, preferirán, a priori, no trabajar ni esforzarse, como es lógico. Aquí es cuando entra la mentalidad del adulto, que tiene experiencia vital y sabe lo que es bueno y conveniente porque lo ha vivido. El docente debe legitimarse con la suficiente autoestima como para amarse a sí mismo, amar su labor y querer el bien de sus alumnos.
2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente
(En el próximo capítulo)
Nota del autor:
En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.
Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la eduación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedad con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio, donde cada domingo publico una historia nueva.
Muchas gracias,
R. R. B.
