Que Paul Auster (1947) es uno de mis escritores preferidos no es ningún secreto para cualquiera que habitualmente lea este blog. No hace mucho publiqué un homenaje a su figura y a su persona en la entrada Un escritor sobrevalorado, en la cual contaba una historia absolutamente inventada que transcurría en Nueva York durante la juventud de Paul. Inventar relatos utilizando algunos datos de la biografía de escritores, como si de colores en una paleta se tratara, es una delicia.
Pero en esta ocasión quiero hablar de un libro real del maestro neoyorkino. En concreto, la penúltima novela que ha publicado: 4 3 2 1. Sí, no es una cuenta atrás o el número cuatro mil trescientos veintiuno, es el título del mamotreto (1070 páginas) que se ha marcado el viejo Paul y que yo he tenido la ocurrencia de leer en versión original, es decir, en la lengua de Shakespeare. Pantagruélico festín que me ha costado deglutir la friolera de cinco meses, desde abril a septiembre de este año 2022. Valga decir que Benito Gómez Ibáñez, que lleva traduciendo al novelista desde finales de los noventa, realizó la traducción al español para Seix Barral.

Muchas han sido las horas que he pasado con el joven Archibald Isaac Ferguson, alter ego de Auster, pero sin el alter. En este momento aviso de que en el transcurso de este textículo desvelaré el final de la novela, y eso puede molestar a quien pretenda leerla, aunque, en este caso, el final a tantísimas horas de lectura no supone ningún giro argumental imposible; de hecho es, literaria y desgraciadamente, muy previsible.
Como ocurre con muchas series actuales, la idea inicial es muy buena: a partir de la vida del personaje, Archibald I. Ferguson, un chico de ascendencia judía que nace en Newark (Nueva York), se desarrollan cuatro historias diferentes según las decisiones y circunstancias en las que se ve envuelto el protagonista, en una suerte de universos paralelos. Así, mientras que en 1. Archibald Ferguson estudia en Columbia, en 3. Archie lo hace en Princeton con una beca; y mientras que en 1. Ferguson vive una historia de amor con Amy Schneider, en 4. Archibald es homosexual y acaba su historia en Londres. En todas las vidas el protagonista alberga veleidades literarias, está enamorado de la misma Amy (aunque sólo en una versión consiguen ser pareja), ama a su madre, tiene sentimientos encontrados hacia su padre y viaja a París. Se mantiene, por tanto, cierta coherencia temática, aunque la obra es extremadamente diversa.

Por una razón muy sencilla no hablo de la sección del libro 2. Ferguson niño muere en un campamento de verano. Al parecer, el propio Auster presenció la muerte de un buen amigo de infancia durante una de esas estancias veraniegas que se nos hacen tan típicas de las películas baratas hollywoodienses que transcurren en los bosques de Nueva Inglaterra. Durante una tormenta de agosto, al amigo real de Auster le cayó un rayo encima y su vida se apagó allí mismo. El escritor en ciernes que entonces era Paul niño nunca olvidaría ese episodio y decide incluirlo en la obra, donde resulta ser una de las versiones de la vida de su alter ego, Archibald Ferguson: durante el aguacero busca refugio debajo de un árbol y catapún. A partir de ese momento, cada vez que en la lectura llegaba a la sección 2. del libro sólo encontramos una página en blanco, que recuerda reiteradamente la muerte de uno de los protagonistas mientras los otros crecen y maduran mejor o peor en la vida. Leer esa página en blanco me hizo reflexionar durante muchos momentos y es uno de los mejores hallazgos de la novela. Es una respuesta muda a lo que significa dejar una vida detenida, en suspenso, absurdamente cercenadas todas las posibilidades infinitas de un personaje. Quizás lo mejor del libro.

El trabajo literario adolece de cuatro dolencias destacables.
1.
El primero es que Auster se gusta demasiado y se enrolla y se alarga y se recrea contándonos hasta los pormenores más minúsculos de los pensamientos de Archie, de la habitación de Archie, de los libros que lee Archie. Si eso jugara un papel fundamental en la novela, aún, pero es que al final resulta todo hojarasca poética, muy bien escrita y con una fraseología admirable, con un dominio de la técnica magistral… pero aburrido, lo cual es una licencia que nunca debe permitirse un escritor norteamericano. Para aburridos ya estamos nosotros, los intelectuales europeos, y sabemos aburrirnos mucho mejor. Con menos páginas hubiera dicho lo mismo.
2.

El segundo pecado es que el argumento se va de las manos. Leí una vez que una buena novela debe equilibrar dos fuerzas: la variedad y la unidad. Si resultara demasiado monocromática, entonces terminaría siendo pesada; si fuera demasiado episódica, el texto carecería de sentido. A Auster no le sucede porque sabe muy bien lo que hace, pero a ratos resulta repetitiva y otras veces se va por las ramas contándonos historias que escribe el joven Ferguson, donde termina habiendo un cuento dentro de otro cuento, como Hamlet haciendo teatro frente a su malvado tío dentro de la obra de teatro Hamlet, o el narrador del Quijote buscando el supuesto manuscrito perdido que lo ayude a completar la historia de El Quijote. Quiero decir que este es un recurso genial, pero antiguo, del Siglo de Oro, que llevado a la literatura actual, donde todos somos unos escépticos resabiados acostumbrados a leer, y a creer, fake news en internet, este donaire resulta demasiado naif.
3.
El tercer cisne negro del libro es que es una obra sobre un escritor en ciernes, escrito por un escritor consagrado, dedicado a otros escritores en ciernes; aunque justo es decir que este fenómeno es una tónica habitual en la literatura moderna, no solamente de la novela de Auster. Parece ser que los autores actuales ofrecen la receta para escribir bien, al estilo de Hemingway y sus consejos para hacerlo. Unas pinceladas nunca vienen mal, está correcto, pero cuando uno lleva ya como cuatro novelas de los años 10-20 leyendo sobre la vida de los literatos, más o menos fracasados, termina por creer que en nuestro mundo hay bastante canibalismo. Es como si todas las películas de cine culto se dedicaran a mostrar la vida de los directores de cine culto haciendo películas: algo típico, barroco y rocambolesco, que hay que saber hacer. Señores escritores, estoy cansado de verme en sus libros en la universidad, muerto de hambre y de sueños, queriendo ser artista: muéstrennos los males y las bellezas de este y otros mundos, por favor. Y si hacen otra vez lo que hace Auster, háganlo mejor, porque solo veo nostalgia.

4.
Finalmente, el último de los cuatro caballeros del literalipsis es el final. No estoy en contra de los finales abiertos o metafóricos, pero cuando uno carga las tintas durante 1070 páginas en inglés, la respuesta última a tantas horas de comprensión lectora no puede ser la muerte repentina de todas las versiones menos una de ellas, la del Archibald Ferguson verdadero, que escribe una novela sobre sí mismo donde imagina cuatro versiones de su propia historia a partir de una anécdota familiar, desde su nacimiento, hasta sus veintipocos años. Así, el personaje ha escrito el libro que estábamos leyendo todo el tiempo, que en la realidad ha escrito Paul Auster, y fin. Si Unamuno levantara la cabeza… probablemente le encantaría esta nivola americana.

Y es que las cuatro dolencias que veo en la obra pueden ser vistas como aciertos por otros lectores. Debo decir que en ningún caso pienso que sea una mala novela, pero no está a la altura del gran Paul Auster (La música del azar, Tombuctú, Creía que mi padre era Dios, Brooklyn Follies y, mi preferida hasta la fecha, El libro de las ilusiones). El ínclito Auster, amante de la Lorca y el Quijote, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2006), candidato eterno al Nobel que nunca le darán, pero cuya entrega yo siempre apoyaré por ser uno de mis escritores más habituales y queridos.
Como puede verse, llevo 4 3 2 1 veces criticando los libros de Paul Auster…
y leyéndolos.










