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  • La epidemia adolescente

    La epidemia adolescente

    Creo que son varios los jinetes de este apocalipsis, pero no son muchos.


    No me dedicaré a hacer un análisis clínico porque lo mío es escribir desde la experiencia, con cierta gracia, espero, pero no sentar cátedra en la materia. Sin embargo, cuando te ves obligado a gestionar estos incidentes a diario —otras veces hemos tenido que llamar a la ambulancia— es inevitable que tu cabeza busque razones a esta sinrazón cotidiana.


    Primero: el uso del móvil es más nocivo que el tabaco. El maldito aparato y las redes sociales se llevan la vida de más jóvenes en un año que todo el tabaquismo en una década. Ha matado a muchos más veinteañeros el Instagram que el Marlboro. Todo el mundo se sorprende cuando hago esta correlación, pero me parece que estamos en un punto parecido a lo que ocurrió con el tabaco: todo el mundo sabía que era malo, pero su consumo se promovía en las películas y en la propaganda de la época.


    En los años sesenta uno no podía esquivar el tabaco: o bien era fumador activo o bien lo consumía pasivamente al entrar en cualquier entorno público. Era imposible acudir a un lugar donde no se fumara, y no fumar constituía una rareza poco loable. Hoy hemos evolucionado mucho en ese sentido. Sin embargo, parece que hemos salido del fuego para caer en las ascuas, en un fuego peor. Porque si bien el tabaco se lleva la vida de muchos cincuentones después de darle al vicio desde jóvenes, el móvil y las simpáticas redes sociales se cobran sus víctimas mucho más rápido en los casos más extremos, y en los menos nos dejan una sociedad zombi de chavales con ansiedad.


    ¿Por qué ningún medio de masas, convencional o alternativo, aborda esta evidencia? Sencillamente porque las empresas más importantes del mundo son las causantes de este mal. Tiene más dinero e influencia Meta que Europa entera y, por lo tanto, más poder. Todavía tardará ese golem en destruirse a sí mismo, pero mientras tanto dejará un reguero de bellos cadáveres por el camino.
    Además, es imposible sustraerse del uso del aparato: se necesita para absolutamente todo. No usarlo hoy sería el equivalente a no salir a los espacios públicos de los años 60 para no ser un fumador pasivo.


    Segundo, derivado del primero: no nos perdonamos a nosotros mismos, ni a los demás. Como seres imperfectos, estamos condenados a tropezar dos y tres veces con la misma piedra. Por ello nos sentimos infelices a veces, y eso no es malo. El problema llega cuando tropezar una sola vez se convierte en un delito, y los otros en víctimas de dicho delito.


    Si fumas, si estás gordo, si eres antipático, si eres vago, si eres pobre…, es tu culpa y los demás no deben perdonarte, ni siquiera tú mismo, y mereces lo peor. Es imposible soportar ese grado de exigencia con uno mismo, porque no tiene final. Cuando dejes de fumar, y de ser gordo, y de ser antipático, y de ser vago y de ser pobre, seguirás con ese sentimiento constante de insatisfacción insana.


    La felicidad, por tanto, no es un estado de las circunstancias; la felicidad es un estado de ánimo, sean cuales sean las circunstancias. Y pienso que lo primero que hay que hacer para ser feliz es perdonar y perdonarse. Lo segundo es saber que es una cuestión de equilibrio, es decir, inconstante.


    Tercero: la falta de sentido. Decía el clásico que no solo de pan vive el hombre. Ahora está de moda en los podcast que salga un gurú diciendo que viviremos 150 años y no niego que sea verdad. Pero ¿de qué sirve esa eternidad si no hay una promesa de felicidad en el camino?
    Soportar una sociedad como la nuestra por mucho tiempo se les hace a algunas personas imposible. De hecho, hay quienes con veinte años se quitan de en medio. Por mucha tecnología y ciencia que haya, no sirve de nada sin un sentido. Los seres humanos no sabemos ninguno qué será de nosotros mañana. Si analizamos el pasado, nos damos cuenta de las incalculables casualidades que nos han llevado al presente. Sentimos vértigo.


    Buscamos respuestas y nos sentimos perdidos en medio del bosque, en la jungla digital, mientras el sol se pone. Y lo que encontramos son falsas pistas, caminos engañosos, trampas y soledad. Cuando uno se siente extraviado, se pone nervioso: le entra ansiedad.


    Nadie, absolutamente nadie, se atreve a hacer un pronóstico acertado sobre el futuro inmediato. Hay muchos que abogan por el apocalipsis, como llevan haciendo los agoreros desde que el mundo existe. Lo que ocurre con este pronóstico es que hoy está sustentado por la ciencia y la tecnología. Después de depositar nuestra confianza en dichos dioses y ver lo que ocurre hoy, cabe preguntarse si nos han guiado bien.


    Cuarto jinete, por hacer una analogía con el libro: la hipocresía. Este quizá es el mal más antiguo de los cuatro, el que acompaña a la especie humana desde el albor. La hipocresía no es otra cosa que el autoengaño: hacer parecer algo que no es.
    Pero la mentira es uno de los mejores inventos del ser humano. Gracias a ella y a la necesidad de contarlas, hemos desarrollado el milagro del lenguaje. Ahora bien, la fantasía, la irrealidad, tiene que administrarse con equilibrio. Porque si la aplicamos sobre la realidad sin control, nos encontramos con lo que tenemos: gente presumiendo en redes de una vida que no tiene, medios promoviendo la autodestrucción y la culpa, todos disimulando nuestra imperfección divina. Me recuerdan a la faceta más absurda del caballero de la triste figura.


    Quizá la única herramienta que yo he encontrado para soportar todo este peso sea tan sencilla como esto: la lectura de los clásicos, de los profanos, de las lápidas y hasta de los papeles del suelo. El ejercicio constante de la lectura, no su recuerdo, no su presuntuosidad, no su aparente sofisticación, sino el refugio real y divino del libro abierto, de la letra sobre la página, de la tinta negra en el fondo blanco.
    Porque a veces es más importante la pregunta que se plantea que las respuestas que se dan a esas preguntas. Y porque planteando la pregunta correcta, damos respuesta y solución a toda ansiedad, a toda tristeza, que pueda acontecernos por este incierto camino llamado vida.

    Buen camino.

  • Cuando la ansiedad entra en clase

    Cuando la ansiedad entra en clase

    He visto tantos ataques de ansiedad como jefe de estudios en lo que llevo de curso —apenas un trimestre— que he aprendido a acompañar al paciente, el alumno, cuando sufre una de estas crisis. Mi aprendizaje precoz únicamente puede significar una cosa: tenemos una epidemia relacionada con la salud mental en las aulas y en la sociedad.

    Vaya por delante que mi formación no es la de un psicólogo, psiquiatra o cualquier otro profesional de la psique. Pero en mi día a día veo y trato con personas jóvenes que adolecen de un mal cada vez más extendido, y para el que ningún científico parece haber encontrado la cura, más allá del cuidado paliativo de las pastillas o la terapia.

    Trastornos del aprendizaje, ansiedad, depresión, autolesiones, deseos de acabar con la propia vida: esta es la moneda corriente en el día a día de los profesionales de la educación. Sé por experiencia que las emociones y los sentimientos son contagiosos como la gripe o la varicela. Así que, además de estar expuestos a pacientes que el sistema sanitario no puede absorber, estamos en constante contacto con emociones negativas: tristeza, miedo, deseos de destrucción. Es difícil sustraerse de todo ello y no llevarse el trabajo a casa. Somos seres permeables para el miedo.

    Ayer estaba trabajando en mi despacho cuando llamaron a la puerta.

    Toc-toc.

    Abren.

    Entra el profesor de guardia: “Alumna con ataque de ansiedad en un aula”, me dice. Está nervioso. Ni siquiera entra en la sala. Me lanza el mensaje desde el umbral, mira a todas partes y tiene deseos de salir corriendo, como si hubiera fuego en alguna parte. Pero no termina de dirigirse hacia ninguna dirección y espera impaciente, a medio camino entre quedarse y huir.

    —Vale —le digo—. Ahora voy.

    Intento terminar el trabajo que estoy haciendo en la pantalla: la frase de un informe, la asignación de una tarea para la semana próxima. En esas, aparece una compañera del equipo directivo.

    —Subo yo con una compañera —me dice, entendiendo la escena sin necesidad de explicaciones.

    —Vale —contesto—. No tardaré.

    Salen del despacho y me quedo un momento solo. Respiro hondo y dejo el trabajo en pausa. Sé que lo más importante es mantener la calma y tener la cabeza fría.

    Salgo. Subo las escaleras. Intento que cada paso que doy sea firme sobre el suelo, que parece moverse como un barco en medio de otro temporal. Voy a buen ritmo, pero sin correr, sin desesperarme. No va a cambiar nada que yo llegue un minuto antes o un minuto más tarde al lugar de los hechos: el aula.

    Al doblar la esquina, algunos alumnos y la profesora me miran desde la puerta, con ojos preocupados. Entro.

    —Bon dia —les digo a todo el mundo.

    Me acerco hasta donde está mi compañera junto a la alumna. El profesor de guardia sigue nervioso por el aula; desaparece al cabo de poco tiempo. Huye a la sala de profesores. No le culpo. En su época no ocurrían estas cosas y quizá no tenga herramientas para soportar la escena. De todas formas, hasta ahí llega su trabajo.

    Me acerco a la chica. Tiene la cabeza apoyada sobre la mesa. Su cuerpo tiembla como un pájaro a punto de lo peor.

    —¿Cómo te llamas?

    No me responde.

    —¿Cómo se llama? —pregunto levantando la vista hacia la veintena de alumnos que nos miran.

    Me dan el nombre. Asiento.

    —¿Puedes hablar?

    No contesta ni siquiera con un gesto. Está rígida, temblando. Ese temblor amenaza con contagiarse a mi propio cuerpo, pero no dejo que se me meta dentro.

    Me obligo a ir a lo simple: voz baja, mirada serena, presencia.

    —Vale —digo—. No pasa nada. Estoy aquí.

    Le indico a una alumna cercana que se siente a su lado. A veces la mejor medicina es una mano en el sitio correcto.

    —Acompaña su respiración —le digo—. Aquí —me llevo la mano al esternón—. Sin apretar. Solo acompaña.

    Mi compañera abre un poco la ventana. Alguien trae agua. Pido al grupo que mantenga el silencio sin convertirlo en espectáculo.

    —Escúchame —le digo a la chica—. Mira mi mano. Vamos despacio. Inhala. Uno… dos… tres… cuatro. Aguanta un segundo. Y suelta. Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis.

    Al principio no me sigue. La respiración va a su guerra: rápida, desordenada. Pero yo no pierdo el ritmo. Me convierto en metrónomo.

    —Otra vez —le digo—. Inhala conmigo. Muy bien. Así.

    Poco a poco noto cómo su cuerpo se va destensando. Eso es. Lo estás haciendo muy bien.

    Al cabo de unos minutos, deja de temblar. Su cuerpo recupera la flexibilidad y abandona ese rigor mortis tan antinatural y pavoroso.

    —¿Ahora puedes caminar?

    Asiente.

    Entre mi compañera y yo conseguimos salir del aula sin montar un desfile. La clase puede continuar con cierta normalidad, como si la vida, en su hipocresía estructural, se empeñara en hacerse la distraída.

    —¿Te ha pasado más veces? —pregunto, aunque sé la respuesta.

    —Sí —dice.

    Ha recuperado el habla.

    —¿Te medicas?

    —Sí.

    La sentamos en una sala tranquila. Nos acompaña una compañera suya. Le dejo claro lo básico, sin dramatizar y sin minimizar.

    —Quédate aquí. Respira. Si vuelve a encontrarse mal, nos avisáis.

    Salgo y me cruzo con la directora.

    —¿Qué ha pasado?

    —Un ataque de ansiedad.

    —Vale. Me encargo yo. Llamo a la familia para que venga.

    Asiento. Vuelvo a mi despacho. Me siento frente al ordenador. Suspiro y miro la pantalla donde estaba trabajando veinte minutos antes. El tiempo apremia. Tecleo con cierta prisa, intentando concentrarme para no equivocarme. Al cabo de poco ya estoy otra vez conectado con la máquina. La jornada sigue sin más incidentes extraordinarios.

    Pero de vez en cuando me pregunto qué demonios está pasando. Cuál es la causa de esta epidemia de tristeza.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo publicaré la segunda parte de este texto, donde intentaré ponerle nombre a los cuatro jinetes de esta tristeza adolescente: el móvil, la culpa, la falta de sentido y la hipocresía.

    Seguimos. Buen camino.

  • Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

    Estaba pensado planear esta entrada del artículo en forma de historia, para hacerla más agradable para el posible lector/a que se acerque a estas páginas. Sin embargo, se ha optado por el sentido práctico de este texto, que quiere ser, en primer lugar, una herramienta efectiva para la gestión de aula, es decir, para sobrevivir a cualquier clase. Como las lecciones suceden dentro de un tiempo muy acotado (60 minutos), cada uno de los pasos que se irán detallando se sucederían por orden cronológico al entrar al aula.

    3.1. La entrada

    Cualquiera que haya sido estudiante recordará de aquellos años que había docentes que imponían nada más verlos. Estos parecían tener un aura especial que hacía que los alumnos de las clases más movidas se callaran rápidamente y sin necesidad de abrir la boca conseguían que cada alumno ocupara su asiento en silencio y con presteza. Lo primero que hay que decir es que, siendo estas historias ciertas, a veces están exageradas por la memoria del adulto y distorsionadas por la perspectiva de un chaval de doce o trece años. Los adolescentes, sobre todo los de primera edad, son más influenciables a los estímulos externos porque también son más sensibles. Con los años, la llegada de la madurez va matizando e insensibilizando las emociones, para bien o para mal. El caso es que no hay que esperar ser de la noche a la mañana como aquel profesor/a que sabía imponer el orden en un santiamén, pero sí podemos tomar algunas ideas para lograr algo parecido. Estos profesionales sienten una gran sensación se seguridad, de dominio de la situación, lo cual les hace transmitirlo a sus alumnos con su lenguaje corporal, con su aura, con la manera que tienen de abrir la puerta y de poner un pie dentro del salón.

    Por lo tanto, una de las claves del éxito para empezar una clase con buen pie es sentir el dominio de la situación, y para ello es importante saber cómo comenzar a desarrollar las actividades didácticas. Lo primero que hay que conseguir es la atención de los alumnos y, para ello, lo primero que debe exigir el profesor/a es que los alumnos/as estén sentados en su sitio correspondiente. Algunos pueden venir a la mesa a saludar, a poner el docente a prueba o a preguntar una duda, la respuesta debe ser tranquila, firme y amable: Siéntate en tu sitio. Mientras, el profesor/a irá dejando las cosas sobre su mesa, sin preocuparse demasiado por si es obedecido o no. No está de más hacer un aviso genera a que Todo el mundo esté en su sitio. Sin gritar demasiado, sin desgañitarse, utilizando el diafragma para proyectar la voz. Es simplemente un aviso, no una cuestión de autoridad personal, si la orden no se cumpliera, se trata de aplicar las consecuencias conocidas por todos y todas.

    Una vez que el docente ha conseguido abrir su ordenador y ya tiene delante el programa para pasar lista, se procede a decir el nombre y apellido de alumno por alumno. Muy rápidamente se irá formando un silencio, no hay que ponerse nervioso, lo único que hay que hacer es seguir pasando lista. Si algún alumno/a en ese delicado momento está molestando, hablando maleducadamente con el compañero/a o vemos que no ha ocupado su lugar en el pupitre, es un momento muy cómodo para poner una observación o una incidencia en el comportamiento, dado que no tendremos que andar abriendo el programa en mitad de la clase. Si se opta por esta opción, la decisión tiene que ser rápida y firme, sin miedo a las dudas, y siempre con cordialidad. Ciertamente, sería deseable que se produjera una situación así, para que el resto de la clase viera que las normas están claras.

    De hecho, es muy importante conocer cuáles son las normas y los procesos para gestionar el aula. Si el profesor conoce qué es lo que los alumnos pueden hacer y lo que no, se hace mucho más sencilla la gestión de la clase, porque se conocen las leyes que la rigen. Bien es cierto que cada docente hace una interpretación de las normas a su medida y que los alumnos poco a poco se van acostumbrando al estilo del profesor/a, pero debe haber unas líneas maestras que sean respetadas por toda la comunidad educativa. Por eso, lo que todos los docentes deberían exigir a su dirección es que las normas que rigen la clase sean compartidas de forma pública, para que en caso de existir algún conflicto sobre cómo se ha juzgado una medida, pueda consultarse que, por ejemplo, gritar de forma injustificada, es una falta de disciplina, que tiene su importancia y que ha sido aceptada por alumnos, profesores y padres. En caso de tener que poner una incidencia que implique comunicarse con la familia, esta comunicación debe hacerse con total educación y es recomendable acompañarla de una llamada telefónica, además de lo que se pueda escribir en el programa educativo para tal fin. Los alumnos temen más al teléfono que la falta en el ieduca.

    Una vez pasada la lista, la clase puede comenzar. Si se ha empezado con buen pie, terminará también de forma satisfactoria de forma muy probable. Ahora manos a la obra.

    3.2. El espacio teórico

    Hay muchas teorías educativas que abogan por darle la vuelta a la clase, hacer trabajos cooperativos, basar el aprendizaje en la solución de problemas, etc. Todas esas estrategias están muy bien, siempre que estén bien asentadas las bases que rigen el desarrollo de una clase normal, es decir, aquella en la que se avanza en la materia y el profesor/a espera poner una prueba o trabajo en el que se valore si se ha aprendido o no la materia que se ha impartido, no si el alumno/a es más o menos espabilado/a para ser simpático/as, amigo de sus amigos/as, agradable con el profesor/a, resiliente en la solución de un enigma o implicado/a en la participación sobre temas ajenos a lo que se imparte. No es que esas habilidades no sean importantes, en verdad son fundamentales, pero no componen el marco teórico del currículum de las materias, dado que hay docentes de lengua, matemáticas, ciencia, historia, música… y lo que la sociedad espera es que los niños/as aprendan sobre estos conceptos que la educación universal ha entendido como imprescindibles. En resumen, a un especialista le pagan para que enseñe lo que sabe.

    Partiendo de esta premisa, el momento más adecuado para desarrollar el marco teórico de la materia en cuestión es al principio, es decir, la explicación del profesor. Lo que los alumnos/as más valoran de un docente es que explique bien. Eso es una obligación que se debe proporcionar y toda la ciencia educativa debería abordar esta cuestión y este arte, dado que a veces se pierden en debates bizantinos ajenos al conocimiento y más de tipo sociológico o político. Si un profesor/a explica bien, ya tendrá casi todo el trabajo hecho. Para ello, el docente debe conocer su materia, debe estudiar su campo del saber, debe hacer sus deberes. No se está afirmando que el docente haya sabido su materia hace veinte o treinta años y no la haya actualizado, no es mejor profesional ni explica mejor el profesor/a que sabe mucho, sino el que se ha esforzado de forma reciente por entender lo que está explicando él mismo. Así, teniendo el proceso fresco, lo hará diáfano a los alumnos. Puede ser que el profesor/a ya sepa mucho de lo que explica y que los conocimientos que tiene sean muy superiores a lo que tiene que impartir en clase. Igualmente, el profesor tiene la obligación de formarse toda su vida profesional, y hacerlo de forma activa y muy concienzuda. El docente debe estar en la labor por aprender como lo están sus alumnos, así, podrá contagiarles el valor del esfuerzo, la satisfacción del trabajo bien hecho y la pasión por aprender. Aquel profesional que no quiera seguir aprendiendo, sería mejor que se dedicara a otra cosa. Además, no se puede exigir a los alumnos una disciplina y una motivación sino uno no trae la disciplina y la motivación de casa. Aquellos discursos quejosos que a veces se escuchan en la sala de profesores no solucionan el problema de la educación y, además, serían imposibles en el mundo privado. Como la educación, como la sanidad, como la justicia, son un bien público, razón de más para hacer estas labores con absoluto denuedo y responsabilidad. Así, los profesionales se ganarán la confianza de la sociedad, que ha depositado en su trabajo los valores más importantes de esta. Cuando el docente se ha esforzado por saber, los alumnos lo imitan.

    Pero la clase no debe ser teórica toda ella porque sería agotadora. El tiempo de la explicación no debería superar en ningún caso los veinte minutos. Tampoco deberíamos exigirles a los estudiantes de hoy en día una atención superior a ese tiempo sin saber que estarán haciendo un esfuerzo ímprobo por seguir el hilo. Una vez terminada la explicación, se puede pasar a la siguiente fase de la lección, y sirve para cambiar el chip.

    3.3. La hora de la práctica

    Toda lección debe tener un momento en que se ponga a prueba lo que se ha explicado. Puede ser con ejercicios, resolución de problemas, actividades varias, pero siempre relacionadas con lo que se ha explicado anteriormente. Para el diseño de esta parte de la sesión es muy importante tener en cuenta la capacidad de los estudiantes para relacionar el tema teórico con la práctica. De hecho, en la explicación, lo ideal es que el enseñante tenga muy presentes qué actividades va a pedir en la parte práctica, para así orientar todo su discurso explicativo de forma coherente y efectiva. Si se cumplen estas sencillas premisas, los alumnos ven que entienden lo que les han explicado, por muy difícil que les haya resultado al principio, y la cara de satisfacción que ponen nos se paga con dinero.

    Durante la resolución de las actividades se puede hablar. Los estudiantes necesitan comunicarse entre ellos para preguntarse dudas sobre los ejercicios, compartir puntos de vista, aportar cosas nuevas. Si se les deja, lo hacen de forma orgánica, sin necesidad de alterar el ritmo de la clase poniéndolos en grupos de cuatro o de cinco para hablar sobre un ejercicio muy poco productivo al fin y al cabo. Lo que les hace aprender es el día a día, el hecho de haber adquirido una dinámica, una fórmula, un método exitoso, variado, pero estable, para adquirir nuevas habilidades. Por lo tanto, el docente debe dejar que los alumnos intercambien opiniones y que el ambiente de la clase se distienda un poco.

    No obstante, el tiempo para la resolución de la práctica debe ser acotado, por ejemplo unos 10 o 15 minutos, como mucho, Al finalizar ese lapso el docente debe buscar la manera de ver si el trabajo se ha realizado y que el tiempo en clase ha sido aprovechado. Si es que sí, es bueno añadir puntos positivos y buena calificación diaria en la libreta de notas; esto motivará a los alumnos a hacerlo bien. Si es que no, será positivo igualmente fiscalizar esta falta de trabajo, reflejarla en los documentos de evaluación, para que el alumno, y quizás también los padres, sepan que su hijo/a no ha trabajado como debía. Hay días de todo y siempre hay que ser humano, por eso es importante ver el conjunto, el global del aprendizaje, y no basarlo todo en una o dos actividades estrella por muy bonitas que sean o por muy bien que quede la foto en las actuales redes sociales o en otros medios.

    3.4. El cierre

    Los últimos minutos, después de haber corregido u observado si se ha hecho el trabajo práctico, son ideales para el fomento de las relaciones humanas alumno/a-profesor/a. Si un chico/a lo está pasando mal, o bien, o regular, si han hecho una excursión, si están contentos o no con el ambiente de clase, si el tema les ha parecido interesante, si han aprendido algo, si recuerdan otra cosa que aprendieron en otro momento, en fin, si la faena se ha hecho bien, en el cierre se puede hacer casi cualquier cosa, siempre que sea desde el respeto a las normas anteriormente mencionadas. Hay que disfrutar de los momentos de distensión también porque hace que entre el enseñante y los aprendices se establezca un punto de unión y confianza que vaya más allá de la materia que se imparte.

    También es el momento ideal para ver un vídeo, leer un libro, realizar un debate distendido, etc. Un poco lo que vaya surgiendo. Se puede tener algo preparado, pero se debe dejar terreno a la improvisación porque esta también forma buena parte de la vida.

     3.5. Fin

    Siguiendo estas pautas no hay materia, por muy aburrida que sea, que se resista. No existe la fórmula mágica, ni para alumnos ni para profesores, y el que crea que hay atajos o trampas para llegar al mismo sitio se equivoca. Pero también se equivocan aquellos que piensan que el esfuerzo, la disciplina, el trabajo es aburrido, doloroso, pesado. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que sea exitoso en su campo podrá decir lo mismo; y probablemente sea una persona muy feliz que transmite su alegría a los otros. Es así.

    …

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    La primera parte de este artículo se publicó el pasado domingo. Pincha aquí para acceder al enlace.

    2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente

    En un programa de la televisión pública, uno de esos en los que la periodista hace un reportaje entrevistando a las personas de un pueblo perdido en la sierra para conocer su rutina y las costumbres del pasado, uno de los entrevistados era un geólogo. Al parecer, el lugar tenía una importancia especial en ese ámbito a nivel internacional y el científico era un hijo del pueblo. Ahora vivía en Madrid o el extranjero, pero de vez en cuando volvía a su pueblo, donde estaban sus raíces y donde se habían inspirado la mayoría de trabajos que había realizado al inicio de una larga y exitosa carrera profesional. Hacía ya unos años que el geólogo había dejado de usar el peine, pero su rostro era jovial y juvenil.

    Uno de los momentos más álgidos de la entrevista fue cuando le preguntaron de dónde había sacado la vocación por la geología un chico de una localidad tan al margen de todo. La sonrisa del hombre se iluminó y dijo: «La vocación me la inculcó nuestro profesor Antonio. Nos llevaba de excursión a este sitio» dijo haciendo un gesto que abarcaba una zona de rocas grandes y desperdigadas sobre un manto verde, como si un dios infantil se hubiera dejado olvidados los juguetes «y nos explicaba la importancia histórica y geológica de este lugar. En el pueblo todos lo queríamos mucho, era nuestro profesor preferido. Por lo menos para mí fue alguien fundamental». En uno de esos giros de guion tan forzados, que en cualquier película hacen vomitar pero en la tele, cuando son personas normales quienes protagonizan las historias, adquieren una coherencia indiscutible, aparece de la nada el profesor Antonio que casualmente ha estado escuchando toda la conversación de su exalumno. Después de saludarse de una forma forzada, fingiendo que todavía no se habían visto, los sientan a los dos sobre una roca y ambos entrevistados, alumno y maestro, están sonrientes y contentos de volver a encontrarse, nada menos que para salir en la tele.

    La entrevistadora, siguiendo con el plan establecido, le pregunta al ya anciano profesor: «¿Cómo se siente al saber que José Luis es uno de los científicos más importantes de España? ¿Usted sabía que tenía un alumno colaborando con las mejores universidades de Europa?» Antonio se agarraba fuertemente las rodillas con las dos manos, visiblemente nervioso, un poco abrumado y temeroso de la cámara, pero feliz de estar allí. Su pelo, completamente blanco, centelleaba bajo claro sol de la mañana de primavera de aquel enclave cercano a un pueblecito de la sierra. «Sí, por supuesto que lo sabía. En el pueblo sabemos todos lo que ha conseguido José Luis. Me siento muy contento, claro». La entrevistadora, una chica joven, con un cuerpo esbelto y bien proporcionado, con el pelo largo y castaño derramándose, un poco inclinada para posicionar el micro, continuó: «Antonio, me han dicho que usted era muy buen profesor, ¿cómo consiguió motivar tanto a sus alumnos?» En ese momento, el viejo profesor guarda silencio. Mira al frente, hacia un paisaje que el espectador no ve pero que imagina idílico, y el ahora anciano trata de comprender cómo ha conseguido hacer que los alumnos se interesaran por unas cuantas piedras.

    «Hay que querer a los alumnos. El amor es la herramienta más fuerte para enseñar. Si los alumnos perciben que tú los quieres, que te importan de verdad… ya está, puedes enseñarles cualquier cosa. El profesor tiene que querer a sus alumnos». Pronto, la entrevista saltaba a tratar otros temas que no son importantes para el asunto de este ensayo. El consejo del profesor Antonio, a pesar de su sencillez, es tremendamente valioso, dado que ofrece la clave del éxito para que la labor docente sea un regalo diario.

    Hay muchos perfiles de profesores y profesoras. Los hay estrictos, los hay más laxos. Los hay quienes saben todos los cotilleos que ocurren entre los alumnos, estos detectan si un alumno lo está pasando mal en casa o está sufriendo algún tipo de acoso. También hay docentes que son verdaderos expertos de su materia y saben mucho más que cualquier profesor universitario. En fin, tipos de profesores hay tantos como clases de personas. La pedagogía y la literatura didáctica se equivocan al diseñar una clase única de profesor/a motivador/a, que generalmente usa y abusa de la tecnología, olvidando que, sobre todo, en esta profesión, el factor absolutamente diferencial —lo que la salvará de convertirse en un trabajo desarrollado por la inteligencia artificial— es el factor humano. Y es en el corazón donde las máquinas no pueden competir con las personas, porque no se puede querer a un ordenador ni él podrá corresponder de forma satisfactoria. Cualquier docente, entonces, sea como sea, aunque se trate de un carcamal pasado de moda, que no sabe ni siquiera utilizar el correo electrónico, aunque piense que el comunismo es la mejor organización social, aunque no tenga familia y en su tiempo libre se dedique a montar maquetas de barcos de guerra, a pesar de no entender el mundo que lo rodea con tanto móvil y redes sociales, puede ser querido por sus alumnos de quince años; son, de hecho, muchas veces muy estimados por compañeros y aprendices. Los hay de muchas clases, no se trata de una cuestión de edad o temperamento. Pero todos los profesores exitosos y carismáticos tienen un denominador común: aman su profesión y aprecian a sus alumnos. El amor no es incompatible con el respeto, de hecho es su razón.

    Será el amor el que dote al docente de la paciencia suficiente para repetir lo mismo una y mil veces. Será el amor el que lo impulse a mejorar cada día en su labor. Será la estima por las personas quien hará que las personas lo estimen también a él o a ella. Así de sencillo es el secreto del éxito, aunque su cumplimento obligue a un difícil equilibrio que continuamente se debe mantener, haciendo que a veces se pierda de vista lo realmente importante. Querer a los demás no es una tarea sencilla, pero siempre es recompensada. El amor es la antítesis -lo contrario- del ego, así que de nada sirve enorgullecerse de que los alumnos lo quieran a uno, lo importante es sentirse feliz por ser capaz de quererlos. Miles de caminos y opiniones irán jalonando la vida: tecnología sí – tecnología no, memorizar sí – memorizar no, confraternizar sí – confraternizar no, y más debates interesantes. Ante todos, la respuesta siempre es la misma; lo diferente es lo humano.

    Por eso las clases deben ser pautadas pero variadas, para que siempre espere una sorpresa.

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

     (En el próximo capítulo)

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la eduación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • El profesor azul

    El profesor azul

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones de estudiantes de filología, aspirantes a críticos, ensayistas, escritores malditos y/o profesores de instituto. Sus lecciones eran pura adrenalina. Uno se sentía como si estuviera en el teatro, no como público solamente, sino como miembro activo de una obra que se representaba como si se tratara de una rueda de jazz, donde nadie sabe lo que va a pasar en el próximo compás y todos los artistas permanecen en estado de alerta. Había quienes sabían esquivar la mirada del profesor azul y mimetizarse con los muebles, había otros estudiantes para los que nos era imposible pasar desapercibidos.

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    Aunque la lección parecía anárquica, seguía un hilo conductor bien definido: el principio de la clase enlazaba con el final de la misma, como en las buenas historias. Tampoco estaba exenta la exposición del maestro de figuras retóricas que pasaban inadvertidas a los estudiantes. Recuerdo que su preferida era la hipálage, quizá por cómo sonaba, quizá por su forma, o su dificultad para ser bien comprendida. César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, donde el adjetivo “impacientes” se traslada de “amigos” a “puñales” y estos objetos sin vida, pero vívidos, cobran un nuevo carácter. Recuerdo que cuando aparecía en alguno de los textos, solía preguntar cuál era la figura retórica que sostenía el verso o la frase, con su mirada, el profesor azul. Unas veces respondí, otras callé y respondió otro alumno más aventajado, su predilecto. También había veces en las que me equivocaba, pero ahora sé que mi error no me restaba credibilidad ante sus ojos. Lo importante es que el alumno sea partícipe de la obra que se representa en riguroso directo, en ese momento, aunque sea inesperada su intervención o lleve el contenido de la clase por un nuevo camino.

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    Si la imitación es signo de admiración, nuestro profesor azul es la persona más admirada que conozco, por encima de los artistas que configuran el panorama nacional e internacional. Unos cuantos son los que cifran la elegancia con americana y vaqueros, o con unas lentes-quevedos, o dejan crecer sus cabellos, o miran intensamente al interlocutor y a la nada, o fuman cigarrillos con un aire de cantor de tangos, o llevan en un maletín de cuero; tanto en hombres como en mujeres hay rasgos bellos de su imagen. Yo quería contarme entre los que no, quise tener una voz propia, aunque más ronca y grave, pero la mía propia. Lo admiraba, pero yo intentaba no verme como una grupi.

    Han pasado diez años desde la última vez que fue mi profesor de hispanoamericana y la vida nos ha llevado a todos por distintos caminos. Casualidad o causalidad, encontré que su discípula, que ahora enseña literatura hispanoamericana en la universidad, lo iba a traer para una clase abierta, donde podían ir de oyentes a quienes les apeteciera. El profesor azul lleva años jubilado, podía ser una última oportunidad. Porque no tuve tiempo para pensármelo demasiado, allí me planté justo después de salir de trabajar en el instituto. Llegué un poco tarde, me senté en segunda fila, como hiciera en sus clases. Al cabo de pocos minutos en el aula, respirando aquel ambiente tan conocido y apenas recordado, donde uno se siente parte de algo importante, viajé en el tiempo y volví a ser universitario. Me sorprendí al verme reflejado en sus clases, al ver hasta qué punto yo imitaba su postura (los brazos cruzados sobre el libro), sus ademanes (el índice dibujando imposibles en el aire), sus muecas (una sonrisa ladeada, pícara), su pronunciación (un acento levemente afectado); también el uso de fragmentos para ilustrar la clase, las citas de poemas de memoria, las anécdotas de un pasado inventado o remoto donde fuimos el más rebelde, mostrando ahora una autoridad incostestable.  

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    La clase se terminó en un aplauso. Recuerdo que los alumnos actuales de hispanoamericana se levantaron rápido y atendieron a sus móviles. Yo repasaba mis apuntes en un cuaderno que utilizo desde mis años universitarios. Quedábamos pocos en el aula y no hizo falta acercarme a su mesa para saludarlo, el profesor azul se acercó a donde estaba yo. Nos abrazamos y me preguntó cómo me iba. Le contesté lo mejor que pude responder en ese momento. Después de la clase, unas cervezas en el bar. Cuatro adultos que parecían extraños, pero a la vez conocidos. Los tres acompañantes que quedamos con él -la profesora de hispanoamericana actual, un antiguo compañero y yo- formábamos una pequeña corte. Durante ese par de horas que duraron las tres cervezas, pensaba en los distintos avatares de la vida: lo que quisimos que sucediera en diez años y lo que finalmente ha terminado pasando. Cuando estudiábamos, fantaseamos con el día en que nos reuniéramos otra vez y quizá imaginamos un mundo distinto. El tiempo es el mejor narrador que conozco. En aquella mesa del bar se sentían las ausencias, encontrábamos recuerdos felices y melancólicos, hablábamos de un futuro incierto para la literatura, se comentaba un pasado glorioso, se diseñaban proyectos a medio plazo.  

    El profesor azul hace años que se jubiló, perdió la visión de un ojo y camino va de quedarse ciego, según él mismo ironiza, para imitar a Borges. Está delgado y sigue fumando demasiado. Tuvo grandes sueños y grandes decepciones, aprendió a subir y a bajar de la torre de marfil, vivió experiencias que lo marcaron a fuego, como a cualquier ser humano, releyó de nuevo El Quijote durante la pandemia, nos contó, otra vez, la anédcota de Martín de Riquer y la alumna que no había leído el gran libro. Ahora que la vida había pasado para él, era un lujo poder estar al lado del profesor azul y demostrarle que allí estábamos para lo que hiciera falta. Nadie iba a evaluar a nadie, no nos debemos nada ni podemos darnos más que amor, y eso es lo mejor del mundo, la raíz de la literatura. A pesar de que, para mí, mereció mucho más que ser un profesor de insituto, impartinedo una sola asignatura en la universidad, a pesar de que considero que una de las desgracias de nuestro país es que no sabe valorar a los mejores activos que tiene por cuestiones sucias como la envidia o la inseguridad, si la vida me diera a escoger entre ser un grande y ser mi profesor azul, está clara mi decisión y la de mis compañeros.  

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    Se marchó deprisa, como el que ha hablado y bebido demasiado, arguyendo que tenía que pasear al perro. Casi sin darnos cuenta, se había ido y nos quedamos un rato con esa sensación como de efervescencia emocional. Poco a poco fue volviendo el presente y lo que quedaba del pasado se fue desvaneciendo como un montículo de arena al viento.

    Al cabo de los días he pensado mucho en este último encuentro. De toda la conversación, de todo lo que pude o no decir, lo mejor fue lo que me salió del corazón una vez hubo terminado su clase el profesor azul y me miraba de aquella manera tan particular, preguntándome cómo me iba la vida. “Intentando ser cada día un poco como tú”. Rio brevemente, como hacía antaño, y mintió: “Seguro que ya me superaste”.

    Tuve un profesor de literatura hispanoamericana que marcó a muchas generaciones, sobre todo a mí.