3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida
Estaba pensado planear esta entrada del artículo en forma de historia, para hacerla más agradable para el posible lector/a que se acerque a estas páginas. Sin embargo, se ha optado por el sentido práctico de este texto, que quiere ser, en primer lugar, una herramienta efectiva para la gestión de aula, es decir, para sobrevivir a cualquier clase. Como las lecciones suceden dentro de un tiempo muy acotado (60 minutos), cada uno de los pasos que se irán detallando se sucederían por orden cronológico al entrar al aula.
3.1. La entrada
Cualquiera que haya sido estudiante recordará de aquellos años que había docentes que imponían nada más verlos. Estos parecían tener un aura especial que hacía que los alumnos de las clases más movidas se callaran rápidamente y sin necesidad de abrir la boca conseguían que cada alumno ocupara su asiento en silencio y con presteza. Lo primero que hay que decir es que, siendo estas historias ciertas, a veces están exageradas por la memoria del adulto y distorsionadas por la perspectiva de un chaval de doce o trece años. Los adolescentes, sobre todo los de primera edad, son más influenciables a los estímulos externos porque también son más sensibles. Con los años, la llegada de la madurez va matizando e insensibilizando las emociones, para bien o para mal. El caso es que no hay que esperar ser de la noche a la mañana como aquel profesor/a que sabía imponer el orden en un santiamén, pero sí podemos tomar algunas ideas para lograr algo parecido. Estos profesionales sienten una gran sensación se seguridad, de dominio de la situación, lo cual les hace transmitirlo a sus alumnos con su lenguaje corporal, con su aura, con la manera que tienen de abrir la puerta y de poner un pie dentro del salón.
Por lo tanto, una de las claves del éxito para empezar una clase con buen pie es sentir el dominio de la situación, y para ello es importante saber cómo comenzar a desarrollar las actividades didácticas. Lo primero que hay que conseguir es la atención de los alumnos y, para ello, lo primero que debe exigir el profesor/a es que los alumnos/as estén sentados en su sitio correspondiente. Algunos pueden venir a la mesa a saludar, a poner el docente a prueba o a preguntar una duda, la respuesta debe ser tranquila, firme y amable: Siéntate en tu sitio. Mientras, el profesor/a irá dejando las cosas sobre su mesa, sin preocuparse demasiado por si es obedecido o no. No está de más hacer un aviso genera a que Todo el mundo esté en su sitio. Sin gritar demasiado, sin desgañitarse, utilizando el diafragma para proyectar la voz. Es simplemente un aviso, no una cuestión de autoridad personal, si la orden no se cumpliera, se trata de aplicar las consecuencias conocidas por todos y todas.
Una vez que el docente ha conseguido abrir su ordenador y ya tiene delante el programa para pasar lista, se procede a decir el nombre y apellido de alumno por alumno. Muy rápidamente se irá formando un silencio, no hay que ponerse nervioso, lo único que hay que hacer es seguir pasando lista. Si algún alumno/a en ese delicado momento está molestando, hablando maleducadamente con el compañero/a o vemos que no ha ocupado su lugar en el pupitre, es un momento muy cómodo para poner una observación o una incidencia en el comportamiento, dado que no tendremos que andar abriendo el programa en mitad de la clase. Si se opta por esta opción, la decisión tiene que ser rápida y firme, sin miedo a las dudas, y siempre con cordialidad. Ciertamente, sería deseable que se produjera una situación así, para que el resto de la clase viera que las normas están claras.
De hecho, es muy importante conocer cuáles son las normas y los procesos para gestionar el aula. Si el profesor conoce qué es lo que los alumnos pueden hacer y lo que no, se hace mucho más sencilla la gestión de la clase, porque se conocen las leyes que la rigen. Bien es cierto que cada docente hace una interpretación de las normas a su medida y que los alumnos poco a poco se van acostumbrando al estilo del profesor/a, pero debe haber unas líneas maestras que sean respetadas por toda la comunidad educativa. Por eso, lo que todos los docentes deberían exigir a su dirección es que las normas que rigen la clase sean compartidas de forma pública, para que en caso de existir algún conflicto sobre cómo se ha juzgado una medida, pueda consultarse que, por ejemplo, gritar de forma injustificada, es una falta de disciplina, que tiene su importancia y que ha sido aceptada por alumnos, profesores y padres. En caso de tener que poner una incidencia que implique comunicarse con la familia, esta comunicación debe hacerse con total educación y es recomendable acompañarla de una llamada telefónica, además de lo que se pueda escribir en el programa educativo para tal fin. Los alumnos temen más al teléfono que la falta en el ieduca.
Una vez pasada la lista, la clase puede comenzar. Si se ha empezado con buen pie, terminará también de forma satisfactoria de forma muy probable. Ahora manos a la obra.
3.2. El espacio teórico
Hay muchas teorías educativas que abogan por darle la vuelta a la clase, hacer trabajos cooperativos, basar el aprendizaje en la solución de problemas, etc. Todas esas estrategias están muy bien, siempre que estén bien asentadas las bases que rigen el desarrollo de una clase normal, es decir, aquella en la que se avanza en la materia y el profesor/a espera poner una prueba o trabajo en el que se valore si se ha aprendido o no la materia que se ha impartido, no si el alumno/a es más o menos espabilado/a para ser simpático/as, amigo de sus amigos/as, agradable con el profesor/a, resiliente en la solución de un enigma o implicado/a en la participación sobre temas ajenos a lo que se imparte. No es que esas habilidades no sean importantes, en verdad son fundamentales, pero no componen el marco teórico del currículum de las materias, dado que hay docentes de lengua, matemáticas, ciencia, historia, música… y lo que la sociedad espera es que los niños/as aprendan sobre estos conceptos que la educación universal ha entendido como imprescindibles. En resumen, a un especialista le pagan para que enseñe lo que sabe.
Partiendo de esta premisa, el momento más adecuado para desarrollar el marco teórico de la materia en cuestión es al principio, es decir, la explicación del profesor. Lo que los alumnos/as más valoran de un docente es que explique bien. Eso es una obligación que se debe proporcionar y toda la ciencia educativa debería abordar esta cuestión y este arte, dado que a veces se pierden en debates bizantinos ajenos al conocimiento y más de tipo sociológico o político. Si un profesor/a explica bien, ya tendrá casi todo el trabajo hecho. Para ello, el docente debe conocer su materia, debe estudiar su campo del saber, debe hacer sus deberes. No se está afirmando que el docente haya sabido su materia hace veinte o treinta años y no la haya actualizado, no es mejor profesional ni explica mejor el profesor/a que sabe mucho, sino el que se ha esforzado de forma reciente por entender lo que está explicando él mismo. Así, teniendo el proceso fresco, lo hará diáfano a los alumnos. Puede ser que el profesor/a ya sepa mucho de lo que explica y que los conocimientos que tiene sean muy superiores a lo que tiene que impartir en clase. Igualmente, el profesor tiene la obligación de formarse toda su vida profesional, y hacerlo de forma activa y muy concienzuda. El docente debe estar en la labor por aprender como lo están sus alumnos, así, podrá contagiarles el valor del esfuerzo, la satisfacción del trabajo bien hecho y la pasión por aprender. Aquel profesional que no quiera seguir aprendiendo, sería mejor que se dedicara a otra cosa. Además, no se puede exigir a los alumnos una disciplina y una motivación sino uno no trae la disciplina y la motivación de casa. Aquellos discursos quejosos que a veces se escuchan en la sala de profesores no solucionan el problema de la educación y, además, serían imposibles en el mundo privado. Como la educación, como la sanidad, como la justicia, son un bien público, razón de más para hacer estas labores con absoluto denuedo y responsabilidad. Así, los profesionales se ganarán la confianza de la sociedad, que ha depositado en su trabajo los valores más importantes de esta. Cuando el docente se ha esforzado por saber, los alumnos lo imitan.
Pero la clase no debe ser teórica toda ella porque sería agotadora. El tiempo de la explicación no debería superar en ningún caso los veinte minutos. Tampoco deberíamos exigirles a los estudiantes de hoy en día una atención superior a ese tiempo sin saber que estarán haciendo un esfuerzo ímprobo por seguir el hilo. Una vez terminada la explicación, se puede pasar a la siguiente fase de la lección, y sirve para cambiar el chip.
3.3. La hora de la práctica
Toda lección debe tener un momento en que se ponga a prueba lo que se ha explicado. Puede ser con ejercicios, resolución de problemas, actividades varias, pero siempre relacionadas con lo que se ha explicado anteriormente. Para el diseño de esta parte de la sesión es muy importante tener en cuenta la capacidad de los estudiantes para relacionar el tema teórico con la práctica. De hecho, en la explicación, lo ideal es que el enseñante tenga muy presentes qué actividades va a pedir en la parte práctica, para así orientar todo su discurso explicativo de forma coherente y efectiva. Si se cumplen estas sencillas premisas, los alumnos ven que entienden lo que les han explicado, por muy difícil que les haya resultado al principio, y la cara de satisfacción que ponen nos se paga con dinero.
Durante la resolución de las actividades se puede hablar. Los estudiantes necesitan comunicarse entre ellos para preguntarse dudas sobre los ejercicios, compartir puntos de vista, aportar cosas nuevas. Si se les deja, lo hacen de forma orgánica, sin necesidad de alterar el ritmo de la clase poniéndolos en grupos de cuatro o de cinco para hablar sobre un ejercicio muy poco productivo al fin y al cabo. Lo que les hace aprender es el día a día, el hecho de haber adquirido una dinámica, una fórmula, un método exitoso, variado, pero estable, para adquirir nuevas habilidades. Por lo tanto, el docente debe dejar que los alumnos intercambien opiniones y que el ambiente de la clase se distienda un poco.
No obstante, el tiempo para la resolución de la práctica debe ser acotado, por ejemplo unos 10 o 15 minutos, como mucho, Al finalizar ese lapso el docente debe buscar la manera de ver si el trabajo se ha realizado y que el tiempo en clase ha sido aprovechado. Si es que sí, es bueno añadir puntos positivos y buena calificación diaria en la libreta de notas; esto motivará a los alumnos a hacerlo bien. Si es que no, será positivo igualmente fiscalizar esta falta de trabajo, reflejarla en los documentos de evaluación, para que el alumno, y quizás también los padres, sepan que su hijo/a no ha trabajado como debía. Hay días de todo y siempre hay que ser humano, por eso es importante ver el conjunto, el global del aprendizaje, y no basarlo todo en una o dos actividades estrella por muy bonitas que sean o por muy bien que quede la foto en las actuales redes sociales o en otros medios.
3.4. El cierre
Los últimos minutos, después de haber corregido u observado si se ha hecho el trabajo práctico, son ideales para el fomento de las relaciones humanas alumno/a-profesor/a. Si un chico/a lo está pasando mal, o bien, o regular, si han hecho una excursión, si están contentos o no con el ambiente de clase, si el tema les ha parecido interesante, si han aprendido algo, si recuerdan otra cosa que aprendieron en otro momento, en fin, si la faena se ha hecho bien, en el cierre se puede hacer casi cualquier cosa, siempre que sea desde el respeto a las normas anteriormente mencionadas. Hay que disfrutar de los momentos de distensión también porque hace que entre el enseñante y los aprendices se establezca un punto de unión y confianza que vaya más allá de la materia que se imparte.
También es el momento ideal para ver un vídeo, leer un libro, realizar un debate distendido, etc. Un poco lo que vaya surgiendo. Se puede tener algo preparado, pero se debe dejar terreno a la improvisación porque esta también forma buena parte de la vida.
3.5. Fin
Siguiendo estas pautas no hay materia, por muy aburrida que sea, que se resista. No existe la fórmula mágica, ni para alumnos ni para profesores, y el que crea que hay atajos o trampas para llegar al mismo sitio se equivoca. Pero también se equivocan aquellos que piensan que el esfuerzo, la disciplina, el trabajo es aburrido, doloroso, pesado. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que sea exitoso en su campo podrá decir lo mismo; y probablemente sea una persona muy feliz que transmite su alegría a los otros. Es así.
…
En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.
Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.
Muchas gracias,
R. R. B.