Etiqueta: ansiedad

  • La epidemia adolescente

    La epidemia adolescente

    Creo que son varios los jinetes de este apocalipsis, pero no son muchos.


    No me dedicaré a hacer un análisis clínico porque lo mío es escribir desde la experiencia, con cierta gracia, espero, pero no sentar cátedra en la materia. Sin embargo, cuando te ves obligado a gestionar estos incidentes a diario —otras veces hemos tenido que llamar a la ambulancia— es inevitable que tu cabeza busque razones a esta sinrazón cotidiana.


    Primero: el uso del móvil es más nocivo que el tabaco. El maldito aparato y las redes sociales se llevan la vida de más jóvenes en un año que todo el tabaquismo en una década. Ha matado a muchos más veinteañeros el Instagram que el Marlboro. Todo el mundo se sorprende cuando hago esta correlación, pero me parece que estamos en un punto parecido a lo que ocurrió con el tabaco: todo el mundo sabía que era malo, pero su consumo se promovía en las películas y en la propaganda de la época.


    En los años sesenta uno no podía esquivar el tabaco: o bien era fumador activo o bien lo consumía pasivamente al entrar en cualquier entorno público. Era imposible acudir a un lugar donde no se fumara, y no fumar constituía una rareza poco loable. Hoy hemos evolucionado mucho en ese sentido. Sin embargo, parece que hemos salido del fuego para caer en las ascuas, en un fuego peor. Porque si bien el tabaco se lleva la vida de muchos cincuentones después de darle al vicio desde jóvenes, el móvil y las simpáticas redes sociales se cobran sus víctimas mucho más rápido en los casos más extremos, y en los menos nos dejan una sociedad zombi de chavales con ansiedad.


    ¿Por qué ningún medio de masas, convencional o alternativo, aborda esta evidencia? Sencillamente porque las empresas más importantes del mundo son las causantes de este mal. Tiene más dinero e influencia Meta que Europa entera y, por lo tanto, más poder. Todavía tardará ese golem en destruirse a sí mismo, pero mientras tanto dejará un reguero de bellos cadáveres por el camino.
    Además, es imposible sustraerse del uso del aparato: se necesita para absolutamente todo. No usarlo hoy sería el equivalente a no salir a los espacios públicos de los años 60 para no ser un fumador pasivo.


    Segundo, derivado del primero: no nos perdonamos a nosotros mismos, ni a los demás. Como seres imperfectos, estamos condenados a tropezar dos y tres veces con la misma piedra. Por ello nos sentimos infelices a veces, y eso no es malo. El problema llega cuando tropezar una sola vez se convierte en un delito, y los otros en víctimas de dicho delito.


    Si fumas, si estás gordo, si eres antipático, si eres vago, si eres pobre…, es tu culpa y los demás no deben perdonarte, ni siquiera tú mismo, y mereces lo peor. Es imposible soportar ese grado de exigencia con uno mismo, porque no tiene final. Cuando dejes de fumar, y de ser gordo, y de ser antipático, y de ser vago y de ser pobre, seguirás con ese sentimiento constante de insatisfacción insana.


    La felicidad, por tanto, no es un estado de las circunstancias; la felicidad es un estado de ánimo, sean cuales sean las circunstancias. Y pienso que lo primero que hay que hacer para ser feliz es perdonar y perdonarse. Lo segundo es saber que es una cuestión de equilibrio, es decir, inconstante.


    Tercero: la falta de sentido. Decía el clásico que no solo de pan vive el hombre. Ahora está de moda en los podcast que salga un gurú diciendo que viviremos 150 años y no niego que sea verdad. Pero ¿de qué sirve esa eternidad si no hay una promesa de felicidad en el camino?
    Soportar una sociedad como la nuestra por mucho tiempo se les hace a algunas personas imposible. De hecho, hay quienes con veinte años se quitan de en medio. Por mucha tecnología y ciencia que haya, no sirve de nada sin un sentido. Los seres humanos no sabemos ninguno qué será de nosotros mañana. Si analizamos el pasado, nos damos cuenta de las incalculables casualidades que nos han llevado al presente. Sentimos vértigo.


    Buscamos respuestas y nos sentimos perdidos en medio del bosque, en la jungla digital, mientras el sol se pone. Y lo que encontramos son falsas pistas, caminos engañosos, trampas y soledad. Cuando uno se siente extraviado, se pone nervioso: le entra ansiedad.


    Nadie, absolutamente nadie, se atreve a hacer un pronóstico acertado sobre el futuro inmediato. Hay muchos que abogan por el apocalipsis, como llevan haciendo los agoreros desde que el mundo existe. Lo que ocurre con este pronóstico es que hoy está sustentado por la ciencia y la tecnología. Después de depositar nuestra confianza en dichos dioses y ver lo que ocurre hoy, cabe preguntarse si nos han guiado bien.


    Cuarto jinete, por hacer una analogía con el libro: la hipocresía. Este quizá es el mal más antiguo de los cuatro, el que acompaña a la especie humana desde el albor. La hipocresía no es otra cosa que el autoengaño: hacer parecer algo que no es.
    Pero la mentira es uno de los mejores inventos del ser humano. Gracias a ella y a la necesidad de contarlas, hemos desarrollado el milagro del lenguaje. Ahora bien, la fantasía, la irrealidad, tiene que administrarse con equilibrio. Porque si la aplicamos sobre la realidad sin control, nos encontramos con lo que tenemos: gente presumiendo en redes de una vida que no tiene, medios promoviendo la autodestrucción y la culpa, todos disimulando nuestra imperfección divina. Me recuerdan a la faceta más absurda del caballero de la triste figura.


    Quizá la única herramienta que yo he encontrado para soportar todo este peso sea tan sencilla como esto: la lectura de los clásicos, de los profanos, de las lápidas y hasta de los papeles del suelo. El ejercicio constante de la lectura, no su recuerdo, no su presuntuosidad, no su aparente sofisticación, sino el refugio real y divino del libro abierto, de la letra sobre la página, de la tinta negra en el fondo blanco.
    Porque a veces es más importante la pregunta que se plantea que las respuestas que se dan a esas preguntas. Y porque planteando la pregunta correcta, damos respuesta y solución a toda ansiedad, a toda tristeza, que pueda acontecernos por este incierto camino llamado vida.

    Buen camino.

  • Nunca estamos del todo solos

    Nunca estamos del todo solos

    Los brotes negros – Eloy Fernández Porta

    El libro llamó mi atención desde el primer momento. De factura sencilla, tapa blanca, letra negra, destacaba entre otros volúmenes más vistosos. Casi parecía un manifiesto más que una novela. Al cogerlo, uno se da cuenta de que tiene pocas páginas, lo cual se agradece hoy en día en que nadie tiene tiempo para nada. Sin pensarlo lo compré.

    Con la novela en la mano, Los brotes negros de Eloy Fernández Porta, me dirigí a mi asiento. En la sala cabrían unas cien personas y seríamos unos setenta. Al frente se sucedían una serie de conferencias sobre literatura y entre el público se encontraba lo más granado de la intelectualidad local: Juan Carlos Elijas con su pareja, Jordi Gracia y su señora, Manuel Vilas y su mujer, también escritora, etc. Algunos disfrutaban del pase vip en el hotel Ra Méridien de Calafell, un pueblo costero a donde los escritores, y los legos, suelen escaparse del asfalto de Barcelona. Yo me senté solo en la tercera fila.

    Por el proscenio vi desfilar a varios intelectuales tratando asuntos mundanos y literarios al paso, como saliere. El formato resultaba agradable y aburrido al mismo tiempo, si bien no tenía el tono de un congreso universitario, en ocasiones la vulgaridad rondaba la conversación de peluquería o de salón de té, pláticas que no suelen interesarme.

    Pacientemente, esperé a la última de las ponencias: “Entrevista a Eloy Fernández Porta: Los brotes negros”. A decir verdad, compré la novela de este escritor por un amigo. Fue él quien me había hablado de él, relacionándolo con otros escritores de Barcelona, quienes eran sus amigos. No sé si Fernández Porta era o no del agrado de mi amigo, pero por algún motivo mi mente había retenido su nombre y su foto hasta aquel día, y esos fueron los motivos irracionales que me llevaron a adquirir su novela. Pensaba en que a mi amigo le encantaría estar entre la concurrencia, saludando aquí y allá, pero se encontraba en Barcelona, una ciudad vacía de escritores ese día porque estaban en el Ra.

    “Muchas de las llamadas al Teléfono de la Esperanza son de personas que no tienen con quién hablar”, dijo Fernández Porta con una voz tímida. Desperté del sopor en el que me encontraba y rápidamente cogí mi bloc de notas Rhodia y empecé a tomar apuntes. El libro trataba sobre la depresión, la ansiedad, la soledad, que se manifestaban en ataques de ansiedad, episodios de lágrimas incontroladas, de gritos en mitad de la calle solo consolados por vagabundos. Esos eran los brotes negros a los que aludía el título de la obra. Entre toda la concurrencia se produjo un clima de atención que no se había conseguido hasta entonces. La voz de Fernández Porta continuaba impasible explicando su experiencia con las lágrimas, las pastillas, los fracasos y la literatura. Nadie pudo dejar de sentirse aludido por sus palabras porque tocaban lo más hondo de nuestro corazón, de nuestros miedos, de nuestra fealdad. Sin embargo, él hablaba de las terapias, de los traumas, con una naturalidad sanadora que nos descargaba de la responsabilidad de mantenernos siempre fuertes, alegres, superdotados para la sociedad de la farsa. Nos salvaba de “el delirio de ser un gran hombre” en el que nos habíamos metido sin querer.

    La conferencia terminó entre aplausos y rápidamente la sala se fue vaciando. Era ya de noche y a muchos no les gustaba la idea de conducir sin sol. En la fila donde yo estaba sentado repasando mis notas, vi llegar a Eloy Fernández Porta, que tomó asiento junto a la persona que había, en mi mismo banco, dos asientos más allá. Acabamos el uno junto al otro y, en ese momento, decidí vencer mi natural vergüenza, o dignidad, y le pedí al escritor, después de felicitarlo, si me podía firmar su libro que llevaba en mi cartera y que había adquirido justo antes. Amablemente dijo que me lo firmaría, pero que no tenía bolígrafo. Le dije que yo sí y, mientras los buscaba, fueron apareciendo otras personas a saludar al escritor y a pedirle si les podía firmar el libro. Él éxito de su conferencia parecía sorprender al propio autor, quien no había previsto la circunstancia de traer una estilográfica para estampar su rúbrica, así que me pidió prestado mi pilot para firmar en Los brotes negros que otra gente había adquirido por las mismas razones irracionales que yo. Uno de los que esperaba la firma de Fernández Porta era nada menos que Manuel Vilas, escritor exitoso de novelas que yo he leído con mucho interés en el pasado y que recomiendo su lectura. Este gesto del grande esperando la firma del pequeño hablaba de dos cosas: de la grandeza de Manuel Vilas y del interés que provocaba la novela de Fernández Porta. Una de las personas que esperaban dijo:

    “Mi hermana murió hace un año… y aún no… Le hubiera encantado estar aquí hoy.” Todos cambiamos el tono alegre por otro dulce, como si nos acariciara el recuerdo de esa hermana que no había podido venir hoy. “Me gustaría que le dedicaras el libro a ella, la llamábamos Moma.” Volví a sentir vergüenza por la situación y pensé en levantarme del banco y marcharme, pero la mujer me miraba a mí también y me hacía partícipe de su confesión, como si yo fuera amigo de Eloy por estar sentado junto a él en el banco, prestándole mi bolígrafo azul. Yo asentía e intentaba no interponerme.

    Al fin, no quedó nadie a quien firmar, los ejemplares de Los brotes negros se habían terminado. Fernández Porta me firmó el libro y hablamos sobre la salud mental de los adolescentes, entre quienes cada vez hay más ansiedad, depresión, dolor y soledad.

    Unas pocas semanas después leí la obra con gran interés y encontré hallazgos muy originales. Me iluminó la idea de la mitomanía, cuando creamos superhéroes que viven en edades de oro que nunca fueron tales. Autoengaños que la sociedad se hace y que conducen, indefectiblemente, a la tristeza. Carrera de ratas en una rueda sin final.

    Vivimos en un mundo extraño que no sabemos a dónde se dirige ni quién lo gobierna ni si llegaremos a un lugar seguro. Lo único cierto es que hay libros de salvación, puertas a las que llamar, teléfonos a los que acudir. Aunque todo nos lleve a desear un final rápido, aunque el sufrimiento sea insoportable, la moraleja de Los brotes negros es sencilla: En el fondo del abismo, pase lo que pase, nunca estamos del todo solos.

  • Me hizo pensar

    Me hizo pensar

    En el pasado festival de Eurovisión 2022, una de las canciones me llamó la atención por encima de las demás. A pesar de las polémicas que ha suscitado el certamen, no me parecen al cabo de los días tan interesantes como la canción que trajo Serbia y el fenómeno que el tema significó. La propuesta se titula “In Corpore Sano” y la interpretación corrió a cargo de la cantante y compositora serbia Konstrakta.

    La canción no tenía mucho. Ni la cantante era guapa, ni la puesta en escena era espectacular, ni la coreografía era difícil e imposible, ni hubo un vestuario provocativo. La canción se basaba en su mensaje, tomado de la expresión harto conocida Mens sana in corpore sano, cuyo significado todos conocemos por ese famoso anuncio de yogures. “Mente sana en un cuerpo sano” dejó escrito el poeta clásico Juvenal entre los siglos I y II y suena tan bien que todos lo hemos interpretado como una verdad incontestable.

    La gracia es que el tema de Konstrakta le daba la vuelta al dicho latino y dice:

    Mens infirma in corpore sano
    Animus tristis in corpore sano
    Mens desperata in corpore sano
    Mens conterrita in corpore sano

    Que en español se traduciría como “Mente enferma en un cuerpo sano, / alma triste en un cuerpo sano / mente desesperada en un cuerpo sano / mente asustada en un cuerpo sano”. Menudo mensaje, vaya torpedo en la línea de flotación a todos los vídeos que circulan por redes sociales y que promueven una vida de músculos, de belleza, de superficialidad, de vacuidad. Gente que vende todo lo anteriormente dicho como sinónomo de felicidad. Si un sujeto pasa la mayor parte de su vida musculándose, será feliz porque “Mens sana in corpore sano”. La simple observación de nuestra sociedad demuestra que esto no es así, solamente una argucia más para vender humo.

    Me encantó la canción y su intérprete. Menuda valentía la de Serbia (que no es el país más simpático del mundo) al llevar un tema como ese, cantado en su propio idioma excepto las partes en latín. Qué bonito era y qué triste, porque iba a quedar entre las peores posiciones del certamen, porque vivimos en un mundo vacuo y superficial, en el imperio de las redes sociales y de los vídeos con dietas y planes sanos y motivadores. No iba a ser entendido, excepto por mí, un espectador distraído que estaba viendo el concurso casi por accidente, pero que disfruté como un verdadero eurofan.

    Konstrakta me hizo pensar en uno de mis alumnos. Recuerdo su caso porque me ha impactado tanto que me ha hecho reflexionar mucho acerca del mundo en el que vivimos. Cuando conocí a Alex (nombre falso) él tendría unos quince o dieciséis años. Me fijé en él porque era del tipo de persona que destacaba en clase, de hecho, fue escogido delegado de su curso. Físicamente era del tipo delgado-atlético. Un chico que uno imagina corriendo y saltando, ágil como una liebre. Pensaba que muchas chicas de la clase beberían los vientos por él, y me parecía muy bien porque el chico lo merecía.

    Nunca establecí una relación próxima con Álex, por eso nunca supe de su vida más allá de lo que uno se entera inevitablemente por la profesión: que quería estudiar el CAFE (Grado de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte) y que tenía problemas en casa. Quizá porque somos tan diferentes, nunca establecimos una comunicación especialmente próxima, como sí supongo que se produjo con otros compañeros. Los profesores de secundaria tenemos muchísimos alumnos cada curso y, aunque los recordamos a todos, es difícil hacer el seguimiento de cada caso. Álex era normal.

    Andando el tiempo, ha pasado un curso y el siguiente. Álex está irreconocible. Resulta que para paliar sus dificultades emocionales se refugiaba en el deporte, o más bien, en el gimnasio. Cualquiera hubiera dicho que aquella era una buena receta para salir de cualquier problema, pero en el caso de Álex ha sido muy contraproducente. El chico atlético se ha transformado en una mole de músculo no demasiado alta, lo cual le confiere apariencia de gárgola con sobrepeso. Además, sus problemas en el ámbito personal no han hecho más que aumentar y la gestión que hace de los mismos es pésima: ha acabado teniendo problemas con algunos profesores y consigo mismo. En cierta manera, al principio, Álex me recordaba a mí cuando en su día empecé el bachillerato, pero hemos tomado caminos diferentes. Quizá nuestros problemas eran parecidos con la misma edad, pero mientras mi refugio fueron la música, los libros, los amigos y la vida, el refugio de Álex habían sido las pesas. Un chico que ha hecho lo que le exige su sociedad ha terminado desarrollando un trastorno por ansiedad considerable.

    Photo by Pikx By Panther on Pexels.com

    A partir de su caso, he ido observando otros similares. Chicos, generalmente, que se pasan el día en el gimnasio, en el parque, en el crossfit, buscando un cuerpo cada vez más definido y una felicidad prometida que nunca llega. Porque la felicidad es un estado mental y, si bien es necesario tener un cuerpo sano, el exceso de dicha salubridad puede conducir a todo lo contrario, y lo que se acaba produciendo parece ser una huida hacia delante: “como ahora estoy fuerte y aún no estoy bien, voy a tener un cuerpo aún más perfecto…” y por ese camino muchos como Álex acaban convertidos en monstruos.

    La canción de Serbia en Eurovisión me ha hecho reflexionar y mirar con aún más escepticismo los vídeos de vendedores de productos dietéticos o de jóvenes influidos predicando una vida “sana”. Konstrakta demostró a toda Europa y a mí la trampa de los tiempos virtuales que vivimos, donde impera la imagen y se olvida el contacto estrecho, las distancias cortas, conocer a alguien y escuchar lo que tiene que decir, pasar el tiempo charlando, riendo, jugando a ser niños sin importar cómo tengamos el cuerpo. Qué pena que Serbia no fuera a quedar entre las primeras posiciones en el certamen, pero qué valiente había sido la propuesta y que poco importaba lo poco importante.

    Pero con su propuesta, Konstrakta consiguió la quinta posición en la clasificación final. Una excelente clasificación para una canción que ni estaba en inglés, ni aparecían culos exuberantes, ni se trataba de un país políticamente simpático. Una mujer en los cuarenta, con una extraña palangana enfrente, consigue sorprender con su “In Copore Sano”.

    A mí me hizo pensar. Y a Europa, también.

    ¿Te ha gustado este artículo? Dale a la estrella y suscríbete a la newsletter.
    También puedes encontrarme en Facebook: El Pobrecito Escribidor
    Y en Twitter: @rodriguezboceta
    ¡Hasta pronto!