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  • Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta y quinta) para quienes quieran (re)leer los pasos previos de nuestro Gerardo con comodidad antes o después de leer este capítulo. Esta historia encuentra cada día más lectores. Os lo agradezco mucho.

    Su única oportunidad

    Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.

    Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.

    Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.

    El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.

    Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Se acodó frente a la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. La de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla a ella, lo vio a él detrás y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana no se había girado, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la coña. Gerardo estaba detrás de ella y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.

    Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.

    -¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se pierden para siempre. Sintió su pequeño cuerpo sobre su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.

    Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.

    -Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.

    -¿Qué quieres tomar?

    La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.

    -Una cerveza. Cualquiera.

    -Siéntate donde quieras.

    -Vale.

    Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.

    -¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.

    -Tenía ganas de verte.

    -Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?

    Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.

    -¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.

    Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad, como cuando los europeos van a un restaurante chino y lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver pero da el ambiente asiático.

    Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero se marchó pronto. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. De hecho, ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguramente de él, y a ninguno les hacía gracia.

    Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.

    O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.

    -Ya terminé. ¿Vamos?

    Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.

    -Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.

    -No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.

    Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico.

    -Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un rayo encima.

    Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.

    -Bueno, bueno, bueno… Pues nada…

    -No, no… a ver… Le digo que…

    -No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…

    Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.

    -Geri, te llamo luego y te digo algo.

    -Vale, vale. No te preocupes.

    Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.

    Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.

    Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, como esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.

    Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.

    Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.

    Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.

    El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.

    -¿Quedamos en el cruce a las 17:30?

    Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.

    -Allí estaré. -contestó.

    Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: ¿Te está gustando este relato? No dudes en dejar tu comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Escribir para los amigos

    Escribir para los amigos

    Uno escribe para que lo quieran sus amigos. Esa frase del escritor Gabriel García Márquez me ha dejado pensando muchas veces. El pasado viernes, aparqué mi coche en el centro de la ciudad y me dirigía, cavilando esta sentencia, hacia la presentación de la última novela de Fernando Parra Nogueras, en la librería La Capona. Eran las seis y media de la tarde, hasta en punto, disponía de tiempo.

    A menos veinte había recorrido el trayecto que me separaba del instituto, donde trabajo y aparco, hasta la calle de la librería. Como en la misma calle está la Biblioteca Pública, entré en el viejo edificio para pasar el tiempo mirando las novedades. Ninguna era el nuevo libro que se iba a presentar a doscientos metros más allá, pero no me extrañó.

    Fernando Parra Nogueras es el segundo mejor novelista, vivo, tarraconense, que puede leerse en la actualidad. De ahí mi interés por verlo de cerca. Les había dicho a algunos de mis amigos y conocidos si querían acompañarme, pero un viernes por la tarde es un mal día para la literatura y nadie quiso venir conmigo. Aunque yo de Fernando no he leído (aún) ningún libro, conozco sus artículos de El Diari, que luego aparecen en su web, lo sigo en redes y estoy al día de lo suyo. Por eso sé que él es la propuesta narrativa más apetecible de esta maravillosa ciudad literaria, aunque viva en Alicante. 

    En estas cavilaciones, salí de la biblioteca y llegué a la librería. Había un reducido grupo de personas en la puerta del establecimiento, alguno con sombrero nuevocentista. Nuestras miradas se encontraron un momento, casi me saludaron. Entré directo y fingí mirar las novedades. En uno de los estantes se exponía la obra, ahora sí, de Fernando Parra Las cinco vidas del traductor Miranda (Ed. Funambulista). Eché de menos los otros libros del autor, que yo quería adquirir, como El Antropoide (ed. Candaya) y Persianas (Ed. Funambulista). Mientras, por el rabillo del ojo, no perdía detalle de los personajes de la concurrencia. Gente de entre cuarenta-sesenta años iba llenando la librería y, las más de las veces, se saludaban con dos besos despaciosos. Parecían conocerse entre sí, todos eran amigos y, lejos de sentirme extraño, me gustaba, aunque yo no conociera a nadie. Una vez saludados, empezaron a dirigirse escaleras arriba.

    Para ser un buen cronista, uno tiene que saber ser un fantasma: moverse entre los personajes como un narrador en tercera persona, observar lo que sucede sin alterarlo. Ocupé una de las últimas filas, intenté que no se me viera mucho para ver yo lo mejor posible. Fernando saludaba a los presentes de forma afectuosa. Estaba cansado del viaje que había realizado con su mujer. No tenía voz, pero sí brazos para echarlos sobre un par de niñas que habían acompañado a los abuelos, o a los padres, a la librería y que él conocía. La escena me resultó emotiva y se desarrolla en mi memoria a cámara lenta, como si fuera la escena de una película navideña. Soy un hombre cálido y tierno, decían sus gestos y mirada, Estoy un poco cohibido, amigos, pero contento de que estéis aquí. 

    Poco a poco, los bultos fuimos tomando asiento, ocupando las sillas azules. Hubo un pequeño problema de aforo, más localidades fueron necesarias y rápidamente se dispusieron. Fernando Parra tenía muchos amigos entre el público y parece ser que se habían superado las expectativas del aforo. Seríamos unas cuarenta personas en la sala. 

    En una mesa pequeña, la presentadora y el escritor empezaron a hablar de su libro. Ferando Parra Nogueras, 1978, como yo, dijo la presentadora. Eché cálculos: en 2018, cuarenta años, en 2022, cuarenta y cuatro. Me acordé del meme de “gente que lee libros” y salen dos personajes bien plantados, y luego “gente que escribe libros” y aparece una foto de Houellebecq. Los dos, presentadora y escritor, representaban muy bien esa pareja. Ella habló muy bien de Fernando y de sus años compartidos en el BUP y el COU y mientras lo dibujaba con recuerdos yo ahondaba en su figura. Cuerpo enjuto que no había conocido el deporte desde los años del instituto, expresión concentrada, gafas en unos ojos maltratados por la letra diminuta de los libros y las pantalla del ordenador, a altas horas de la noche escribiendo para no se sabe bien qué. Todo lo contrario de su compañera en la mesa, que se conservaba muy bien. Es el precio de la literatura que Fernando Parra Nogueras paga a cambio de ser ese buen escritor. 

    Le tocó hablar a él y nos contó un poco de qué iba el libro. El tal traductor Miranda es el pseudónimo del personaje que traduce Los versos satánicos de Salman Rushdie, contra cuya vida se ha atentado recientemente. En 1989, el ayatolá Jomeiní promulgó la pena de muerte para él y para cualquiera que difundiera aquella obra pecaminosa. Ya se sabe que cuanto más riesgo, más morbo, y el lío fue todo un fenómeno literario. En la vida real, algunos de los traductores fueron asesinados o tuvieron problemas; aquí tenemos al traductor Miranda, personaje de Fernando, que como quiere suicidarse, va por el mundo diciendo que es quien no es, a ver si aparece el árabe integrista que lo quite de en medio. 

    Según Parra, los temas que más le preocupan, y que aparecen en sus tres libros, son la culpa y la identidad. Yo añadiría que su punto de vista es el de un escritor valiente. Cuando la sociedad mira para otro lado, el vate va con su linterna, o su quinqué, a iluminar aquello que no debe ser visto. Si se hace con gracia, quizá se consigue un puesto en la historia de la literatura, y a eso aspiran escritores como Parra. Lo mejor de leer a narradores de raza como Fernando es que tienen el sueño de escribir la mejor novela de su tiempo, y se dejan la vida en el intento. A diferencia de esos otros escritores consagrados que van repitiendo siempre el mismo libro para medrar, los escritores como Fernando se juegan la salud y la fama escribiendo novelas en la frontera de la realidad y la ficción, iluminando zonas deliberadamente oscuras por nuestra ceguera. Vive con la muerte en los talones de la escritura. En su libro se la juega y sus personajes también. Y tanto sufrimiento y sacrificio para qué, pensaba yo sin quererlo al oír lo de Rushdie, y Gabriel García Márquez respondía: Para que lo quieran sus amigos.

    El talento para escribir se tiene o no se tiene. Cuando yo era más joven solía pensar que cualquiera puede llegar a ser un escribidor solvente con ganas y práctica, pero no es así. La diosa de la escritura escoge a sus elegidos caprichosamente, pide sacrificios y corazones humanos. Se puede vivir de la literatura muy bien sin tener el menor talento para este arte. No es el caso de Fernando. Parra posee la bendición disfrazada de la escritura, que sus amigos intuyen y los extraños, como yo, conocemos solo con verlo. Cuando uno está frente a un escritor así sabe que en su ficción, mejor o peor, no hay mentira ni falsedad. Sinceramente, a veces su prosa puede resultar alambicada, estirada y de café con leche, pero luego sus palabras arden y las pavesas vuelan hasta mí.

    Con estos pensamientos, me revolvía emocionado en mi silla azul y tomaba las últimas notas en mi cuaderno febril. El acto terminó y los amigos de Fernando, todos los asistentes que habían acudido al acto, fueron a felicitarlo de nuevo. Yo solo conseguí levantarme y marcharme aturdido de allí, como si fuera el joven Werther, quería lanzarme al río de la ciudad. Mientras subía hacia mi coche, mis emociones se iban asentando y tomando forma de futuro texto. No me llevé el libro firmado, me arrepentí. Arranqué y me marché a casa, aún enfebrecido por la borrasca de ideas en mi corazón. 

    Pasó el sábado y llegó el domingo. Fuimos mi mujer, mi hija y yo a una feria local, tan lejos y tan cerca de la literatura, y encontramos a un amigo a quien hacía tiempo que no veía, alguien cuya opinión aprecio mucho aunque él no tenga nada que ver con la filología, las editoriales, ni la prensa, pero cuya visión y comentarios me alumbran. Hablamos de lo que había escrito últimamente, de lo que estaba escribiendo ahora, de lo que iba a escribir mañana, y me ha hecho pensar en Fernando Parra Nogueras porque

    Uno escribe para que lo quieran sus amigos. 

  • Adiós, Káiser

    Adiós, Káiser

    Escrito por Ricardo Rodríguez Sánchez, mi padre.

    Le dije:

    -Papá, es la hora.

    -Será rápido… -Dijo mi hermano.

    Y papá contestó:

    -Rápido… ¿para quién?

    Y a partir de ese momento todo fue silencio.

    Sus ojos brillaban acuosos y enrojecidos, antesala del vacío que vendría después.

    Ninguno de nosotros quería hablar. Ni mis hermanos, ni mi madre, nadie.

    Preferíamos estar en silencio. Una lágrima era enjuagada de vez en cuando.

    El médico los hizo pasar. Entraron solos, despacio, sin mirar atrás, como los valientes.

    Mi hermana pequeña lloraba en el umbral, apoyada en el hombro de su novio.

    No fue rápido: fueron veinte minutos de eternidad.

    Finalmente salió.

    Iba en una caja de plástico gris. Lo empujaba una joven con una bata de verde.

    Se acercó a nosotros e intentó darnos ánimos.

    -No ha sufrido. Me miraba, movía su cola, me lamía la mano y me acercaba su pata. Yo le decía: siempre fuiste un gran perro y el mejor de los amigos. Adiós, Káiser. Adiós…

    Y papá nos abrazó a todos.